Joana sintió la sombra que se cernía delante de ella y, confundida, alzó la mirada.
Al ver la cara de Fabián, tan seguro de sí mismo, algo en su interior se revolvió.
¿Y ahora qué traía este?
Esa expresión, tan llena de confianza sin motivo, le resultó molesta.
¿No estará inventándose algún drama nuevo?
Joana soltó con indiferencia:
—Hazte a un lado.
A buen perro, no le estorba el camino.
Esa última frase se le quedó en la punta de la lengua; solo por respeto a los niños presentes, no la dijo en voz alta.
Pero Fabián ni notó la impaciencia de Joana. Al contrario, se adelantó con tono entusiasta:
—¡Qué coincidencia! Yo también vine a ver a Lisandro.
Joana se quedó en silencio.
La verdad, no tenía ni un segundo para perderlo con él.
Incluso Dafne intervino:
—Papá, hazte a un lado, quiero llevar a mamá a ver a mi hermano.
Fabián se agachó y le revolvió el cabello a Dafne:
—¿No sería mejor que papá y mamá te acompañen juntos a ver a tu hermano? Así seguro que Lisandro se va a poner más contento.
Joana escuchó aquello y, antes de que Dafne pudiera decir algo, se le frunció el ceño:
—Fabián, ¿otra vez con tus locuras?
—¿Y qué dije ahora? —respondió Fabián, con total despreocupación—. Somos los papás de los niños, eso nadie lo puede negar.
Joana apretó la mandíbula:
—No te hagas, Fabián. Ya estamos divorciados.
—Ya, ya, no lo repitas, que la niña está aquí —le indicó Fabián, enderezándose y señalando a Dafne, como si escuchar esas cosas fuera inapropiado.
Joana inhaló hondo, resignada.
¿Por qué le daba la impresión de que Fabián seguía viviendo en su propio universo?
No importaba lo que ella dijera, él simplemente no la escuchaba.

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