Mientras Enzo miraba a Paulina, solo sentía una inmensa ternura por ella.
Se dio cuenta de que Paulina siempre estaba preocupada por consolar a los demás, pero en realidad, ella también necesitaba apoyo.
A diferencia de antes, ahora se obligaba a ser fuerte por su cuenta.
Pensar en eso hizo que a Enzo se le encogiera el corazón y sintiera aún más afecto por ella.
Paulina estaba a punto de decir algo más, pero al levantar la vista, se topó con la mirada profunda y enamorada de Enzo.
Al verlo así, se tragó las palabras que iba a decir.
Estaban en la corte, no era el momento adecuado para charlas sentimentales.
Sería mejor guardarlo para cuando regresaran a casa.
Si algún metiche les tomaba una foto en ese momento, la situación podría volverse bastante problemática.
Solo de pensarlo, Paulina soltó un suspiro.
Mientras tanto, Joana cruzó miradas con el abogado Herrera y ambos asintieron.
Tras escuchar la declaración de Cristina, el abogado ya sabía exactamente cómo proceder.
Para Herrera, ver que lograron que Cristina abriera la boca sintiéndolo como si hubieran gastado todas sus fuerzas, resultaba hasta ridículo.
Si no se habían puesto de acuerdo desde un principio ni armado una buena cuartada, ¿entonces para qué se presentaban a un juicio?
Si las cosas eran así, ¿acaso no convertían el tribunal en un mal chiste?
Por no decir que carecía de todo sentido.
Después de tantos años ejerciendo como abogado, no concebía la idea de que alguien pudiera ganar un caso presentándose sin una preparación sólida.
Era como soñar despierto.
El juez, tras escuchar a Cristina, mantuvo una expresión sumamente seria.
Golpeó la mesa con su mazo, exigiendo silencio absoluto en la sala.
Luego, fijó su mirada penetrante en Cristina: —Cristina, ¿está completamente segura de que todo lo que acaba de declarar es verdad?
—P-por supuesto, su señoría... ¿cómo me atrevería a mentir sobre un tema tan delicado?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo