Dos corazones que latían al unísono se acercaron lentamente.
Por otro lado, al ver que Joana apartaba la mirada, Cristina entendió su decisión.
Lo sabía; la habían desechado por completo.
Era obvio, nadie se pondría de su lado.
Violeta soltó un comentario helado: —Ya ves. Solo me tienes a mí.
Al escuchar esa frase, el cuerpo de Cristina se estremeció.
Se mordió el labio inferior con fuerza, asimilando que, en ese momento, Violeta era su única salvación.
Además, ya estaba parada en el estrado; salir ilesa a estas alturas no sería nada sencillo.
Al ver que seguían sin hablar, el juez las apresuró: —Defensa, ¿qué está ocurriendo? ¿Su testigo no va a corroborar la información?
Violeta le regaló al juez una sonrisa servil: —No, su señoría. Lo que pasa es que mi testigo es muy tímida y se asusta con facilidad, solo necesita un momento para procesarlo.
—El tiempo de todos aquí es valioso. No nos hagan perderlo.
El juez volvió a apresurarlas.
La sonrisa en el rostro de Violeta se volvió aún más incómoda.
Jamás se imaginó que Cristina, después de haber acordado todo perfectamente, fuera a echarse para atrás justo en el tribunal.
En cuanto todo este asunto terminara, se aseguraría de hacerle la vida imposible.
Le enseñaría a las malas a quién debía obedecer.
¿Acaso no había pensado en las consecuencias de retractarse en el último minuto?
Pensando en eso, Violeta volvió a mirar a Cristina, esta vez sin molestarse en ocultar la amenaza en sus ojos.
—Si no hablas ahora mismo, voy a contar toda tu verdad. No olvides que fuiste tú quien me entregó esos bocetos.
Al escuchar eso, Cristina apretó los puños con todas sus fuerzas.
Comprendió al instante las intenciones de Violeta.
Y alguien como Cristina no merecía ninguna lástima.
Si lo analizabas, todo era consecuencia de sus actos.
Así que nadie podía sacarla de ese pozo.
El público también empezó a perder los estribos. Miraban confundidos de un lado a otro, dándose cuenta de que Cristina seguía paralizada.
De un segundo a otro, sintieron que su paciencia había llegado al límite.
Habían aguantado toda esa obra de teatro de buena gana, para que ahora pareciera que se estaban burlando en sus caras.
Al pensar en eso, los espectadores sintieron que iban a estallar de ira.
—Oigan, ¿qué demonios le pasa a esta mujer?
—¿No puede hablar y ya? ¿Por qué se hace la sufrida?
—Además, estamos en un tribunal, es un lugar público. Si siente que están siendo injustos con ella, ¡que nos lo diga y punto!

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