Catalina no pudo aguantarse; apretó el puño con fuerza a un lado de su cuerpo y, al voltear, le reclamó a Arturo:
—Arturo, ¿así de buenos son los empleados que contratas?
Arturo apenas entreabrió sus ojos grises; tenía una mirada entre perezosa y burlona al fijarse en Catalina.
—Señora Catalina, la verdad, no veo que mi empleado haya hecho nada mal. Al contrario, aquí nadie se atreve a entrar así de golpe y sin avisar. Te aseguro que los míos jamás harían algo tan grosero.
Ezequiel, que estaba a un lado, apenas pudo contener la risa, los labios se le movían como si se le fuera a escapar la carcajada. Conocía demasiado bien a su jefe, ya le había tomado la medida.
En ese instante, Ezequiel aprovechó para sumarse al asunto:
—Si la señora considera que aquí hay un problema, ¿por qué no llama a la policía de una vez?
Catalina se quedó callada, sin palabras.
Su dedo tembloroso iba y venía entre los dos, sin saber a quién apuntar.
—Vaya, vaya, Arturo, ¿así es como le hablas a tu propia madre?
—Eso depende de si lo mereces o no —le soltó Arturo, sin mirarla más—. Si no tienes nada importante que decir, puedes irte. Tengo cosas que hacer.
El mensaje era clarísimo: ya vete. Si Catalina no lo entendía, entonces sí que estaba perdida.
—Es que vengo porque necesito hablar contigo de algo —dijo, al fin cediendo y bajando la guardia.
Arturo ni se inmutó; su voz sonó desinteresada, casi como si hablara del clima:
—Pues dilo de una vez.
Catalina, sin hacer ningún gesto evidente, le echó una mirada a Ezequiel, esperando que él captara la indirecta.
Ezequiel entendió al instante.
—Bueno, Sr. Zambrano, yo me retiro, tengo pendientes que atender.
Arturo apenas hizo un gesto de aprobación.
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