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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 942

Catalina no pudo aguantarse; apretó el puño con fuerza a un lado de su cuerpo y, al voltear, le reclamó a Arturo:

—Arturo, ¿así de buenos son los empleados que contratas?

Arturo apenas entreabrió sus ojos grises; tenía una mirada entre perezosa y burlona al fijarse en Catalina.

—Señora Catalina, la verdad, no veo que mi empleado haya hecho nada mal. Al contrario, aquí nadie se atreve a entrar así de golpe y sin avisar. Te aseguro que los míos jamás harían algo tan grosero.

Ezequiel, que estaba a un lado, apenas pudo contener la risa, los labios se le movían como si se le fuera a escapar la carcajada. Conocía demasiado bien a su jefe, ya le había tomado la medida.

En ese instante, Ezequiel aprovechó para sumarse al asunto:

—Si la señora considera que aquí hay un problema, ¿por qué no llama a la policía de una vez?

Catalina se quedó callada, sin palabras.

Su dedo tembloroso iba y venía entre los dos, sin saber a quién apuntar.

—Vaya, vaya, Arturo, ¿así es como le hablas a tu propia madre?

—Eso depende de si lo mereces o no —le soltó Arturo, sin mirarla más—. Si no tienes nada importante que decir, puedes irte. Tengo cosas que hacer.

El mensaje era clarísimo: ya vete. Si Catalina no lo entendía, entonces sí que estaba perdida.

—Es que vengo porque necesito hablar contigo de algo —dijo, al fin cediendo y bajando la guardia.

Arturo ni se inmutó; su voz sonó desinteresada, casi como si hablara del clima:

—Pues dilo de una vez.

Catalina, sin hacer ningún gesto evidente, le echó una mirada a Ezequiel, esperando que él captara la indirecta.

Ezequiel entendió al instante.

—Bueno, Sr. Zambrano, yo me retiro, tengo pendientes que atender.

Arturo apenas hizo un gesto de aprobación.

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