No esperaba que Fabián fuera tan eficiente para actuar.
Tatiana solo lo había mencionado de pasada, y, para su sorpresa, apenas había pasado un rato cuando él ya había decidido ayudar a la familia Prieto.
Con una sonrisa triunfal, Tatiana alzó las cejas y se acarició el vientre.
Mientras el niño que llevaba dentro siguiera siendo reconocido como hijo de Fabián, su vida en la familia Rivas no tendría de qué preocuparse.
—Bebé, tienes que nacer bien, sin complicaciones. Yo me voy a encargar de que todo te salga de maravilla —susurró con firmeza.
En sus ojos brillaba una determinación implacable.
Aunque el camino estuviera lleno de obstáculos, ella pensaba abrirse paso a cualquier costo.
...
Al mismo tiempo.
En una sala privada de una cafetería, Abril y Fabián estaban sentados frente a frente.
El rostro de Fabián tenía la expresión de una tormenta a punto de desatarse.
De pronto, sin previo aviso, Fabián estiró la mano y apretó el cuello de Abril. Todo sucedió tan rápido que Abril ni siquiera alcanzó a reaccionar.
Su cara se puso roja de inmediato, y, sin fuerzas, empezó a golpear el dorso de la mano de Fabián, tratando de hablar con dificultad.
—¿Qué... qué te pasa? —balbuceó, intentando zafarse.
—Te lo pregunto de nuevo: ¿todo lo que dijiste es cierto? —preguntó Fabián con voz cortante, la furia pintada en cada línea de su cara.
Sentía cómo la cabeza comenzaba a punzarle. Las palabras de Abril seguían repitiéndose en su mente, dándole vueltas sin parar.
En ese instante, Fabián ya no sabía qué era real y qué era una mentira.
¿Cuál de los dos mundos era el verdadero?
—Por supuesto... claro que es cierto —logró decir Abril, con la cara ya morada.
Al ver la mirada amenazante de Fabián, Abril no tuvo más remedio que articular cada palabra con lentitud:
—Todo lo que dije es cierto. No tengo motivos para engañarte. Si no me crees, puedes investigarlo tú mismo.


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