Fabián, por puro instinto, soltó la mano y dio unos pasos tambaleantes antes de lograr mantener el equilibrio.
El dolor en su cara le golpeaba como olas, una y otra vez, hasta que su mente se puso más clara. Sacó la lengua y la presionó contra la mejilla adolorida, probando el ardor en la piel. El escozor lo aterrizó en la realidad.
A sus espaldas, una voz de hombre que le resultaba demasiado familiar rompió el silencio:
—Joana, ¿estás bien?
Fabián se quedó quieto y miró hacia allá. Vio a Arturo abrazando a Joana con evidente preocupación en la cara. Ella, que hace un momento parecía una fiera dispuesta a arrancarle los ojos, ahora se acurrucaba dócilmente en los brazos de Arturo.
—Estoy bien, Arturo —respondió ella, con voz suave—, solo que me agarraste en curva. Por suerte llegaste a tiempo.
Fabián apretó los dientes, incapaz de creer la escena.
Se limpió la sangre que le manchaba la comisura de los labios y los miró con desdén. ¿Qué, estos dos vinieron solo a amargarle el día o qué?
Si alguien tenía algo, claramente era él. Le habían dado una cachetada y luego un golpe que casi lo deja viendo estrellitas. Y él ni se había quejado, pero Joana, tan tranquila, ya estaba poniendo cara de víctima.
Fabián se le quedó viendo a Arturo, con la rabia pintada en la cara:
—Arturo, ¿te crees mucho solo por ser parte del Grupo Zambrano? No porque trabajes ahí puedes hacer lo que quieras. Estamos en un país de leyes, ¿eh? Por esta golpiza te puedo meter a la cárcel hasta que te hartes de los barrotes.
Quiso sonar amenazante, pero a los oídos de Arturo no fue más que pataleo. Ni cosquillas le hacía. Es más, hasta le causó gracia.
Arturo soltó despacio a Joana y le susurró con calma:
—Joana, déjame encargarme de los perros callejeros que andan ladrando por aquí.
Joana arqueó una ceja, con los ojos llenos de preocupación por Arturo:
—Ten cuidado, Arturo. Ese perro muerde fuerte. Si te muerde, luego vas a tener que irte a poner una vacuna.


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