Para que las escenas de acción salieran perfectas, Priscilla había aguantado que los arneses le cortaran la piel y la dejaran adolorida de pies a cabeza, al punto de tener que tomar analgésicos para poder conciliar el sueño. No había soportado todo ese sufrimiento solo para cobrar unos cuantos miles de pesos.
El director Estrada perdió por completo la paciencia. Para él, Priscilla era solo una actriz reemplazable y no tenía ganas de perder el tiempo discutiendo. Fue directo al grano:
—Esta es la orden del inversionista. Alguien va a entrar a la producción y eligieron exactamente tu personaje. Habrá un cambio de actriz, te guste o no. ¿Te crees una estrella famosa? ¿O eres dueña del dinero? El que te esté hablando con buenas palabras ya es mucha cortesía de mi parte.
Tras soltarle esas palabras, ni siquiera se molestó en ver su reacción y le ordenó al asistente de dirección que continuara rodando.
Priscilla se quedó parada, viendo cómo el director corría a recibir un lujoso Rolls-Royce. Del auto bajaron dos personas: un hombre elegante y de mirada fría, y una mujer pequeña y adorable.
El hombre era Renzo, el mismo que le había pedido terminar esa mañana. Y la mujer que venía colgada de su brazo era Isabella Rossi.
Al ver la cara de servilismo del director, quedó claro quién era el inversionista y quién le había robado el papel.
Había sido Renzo. Él la despidió para darle su personaje a Isabella.
Priscilla sintió que la poca fuerza que le quedaba abandonaba su cuerpo; un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Le castañeteaban los dientes. De repente, todo le pareció insoportable.
¿Acaso él no sabía todo lo que ella había sacrificado por ese personaje?
Podía aceptar que terminaran, pero, ¿por qué humillarla de esa manera? ¿Solo porque ayer le habló de matrimonio, tenía que darle esta lección para recordarle que no valía nada?
Temblaba ligeramente. No sabía si era de rabia o de pura tristeza.
Pero las emociones no sirven de nada. Priscilla solo se permitió hundirse en el dolor y la decepción durante cinco minutos. Cuando sintió que ya era suficiente, se secó las lágrimas, levantó la cabeza y caminó hacia los vestidores para cambiarse.
La llegada de Isabella había revolucionado el lugar.
«Isabella tiene su propio camerino desde que llegó». «Isabella mejoró el menú de la comida para todos». «Isabella le regaló a cada persona del equipo un bolso de diseñador». «Isabella...»
Su nombre retumbaba en cada rincón; era imposible no escucharlo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando su celo llegó, mi vestido ya era de otro