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Cuidando a la Hija del CEO romance CONOCÍ A UN ÁNGEL.

La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad, golpeando las ventanas de la mansión como si quisiera atravesarlas. El cielo gris hacía que todo pareciera más frío, más triste… más pesado.

—Papi, hay un solo paraguas y acabo de salir del salón. No me puedo arruinar el cabello —dijo Kyra con ese tono de víctima perfecta que siempre usaba cuando quería algo.

Olivia observó a su hermanastra desde el pie de las escaleras. Incluso con uniforme, Kyra parecía salida de una revista: cabello perfectamente ondulado, labios rosados y esa sonrisa delicada que engañaba a todos.

Su padre ni siquiera dudó.

—Mi princesa, úsalo tú. Total, Olivia jamás ha sabido lo que es arreglarse el cabello.

Kyra sonrió triunfante antes de mirar a Olivia con desprecio. Luego abrió el paraguas y salió bajo la lluvia con pasos elegantes. Afuera la esperaba el novio perfecto: el capitán del equipo de rugby.

Obvio, Kyra siempre conseguía lo mejor.

Olivia los vio desaparecer mientras la lluvia caía cada vez más fuerte. Luego miró a su padre con un pequeño hilo de esperanza todavía vivo en el pecho.

—Padre… ¿podrías llevarme al colegio? Está lloviendo mucho y hoy son los exámenes finales. Por favor… esta semana es el baile de graduación, pronto saldré de tu vida. No puedo llegar empapada.

Su padre ni siquiera la miró bien.

—No puedo. Tengo que ir a la oficina. Ten, toma un taxi.

Le dejó caer unos billetes con absoluto desprecio.

Como si alimentara a un perro callejero.

Olivia bajó lentamente la mirada y recogió el dinero del suelo. Después salió de la casa intentando no llorar.

La lluvia la golpeó de inmediato.

Corrió hasta la parada intentando cubrirse con la mochila. Cuando llegó a la preparatoria estaba completamente empapada. Sus gafas negras, unidas en medio con cinta adhesiva, estaban llenas de gotas de agua. Sacó una polera seca de la bolsa plástica que escondía dentro de la mochila y se cambió rápido en el baño. Tenía turno esa noche en la pastelería. No podía enfermarse.

Cuando intentó salir, no pudo, alguien había trancado la puerta, faltaban minutos para los examenes finales, y nadie le habría, gritó con todas sus fuerzas hasta que la garganta le ardió,

Al fin la puerta se abrio, el anciano que estaba a cargo de mantenimiento la miró con lástima.

— Mi niña que te pasó.

Olivia sollozaba.

— Me encerraron, llegaré tarde a mis exámenes.

Olivia salió corriendo hacia la sala, pero cuando llegó vio a su hermana en la puerta quien se apresuró a cerrar.

Olivia golpeó y el profesor abrio con el ceño fruncido.

— Llega tarde señorita Hale.

—Profesor por favor quedé encerrada en el baño, déjem entrar, esto es importante.

Detrás apareció el mismo anciano.

— Es verdad profesor, la muchacha gritaba tan fuerte que yo la escuché desde el jardín, estaba encerrada.

—Esta bien, entra.

Olivia miró al anciano

— Gracias...

Al fin pudo terminar la primera parte de los exámenes, cuando entró al pasillo principal, las risas comenzaron.

Como todos los días. Su ropa holgada, el cabello desordenado y aquellos lentes gruesos la convertían en el blanco favorito de las burlas desde hacía años. Desde que tenía diez. Desde que su madre murió.

Ese día dejó de usar vestidos bonitos, dejó de hacerse trenzas, porque era su madre quien siempre la arreglaba y su madre la única que la amaba.

Un año después apareció Nilsa con aquella falsa imagen de mujer dulce. Todo cambió apenas se casó con su padre. Ella y Kyra fueron lo peor que pudo pasarle.

Kyra hacía un berrinche y Olivia perdía algo.

Primero fueron juguetes, después vestidos, luego su habitación.

Hasta terminó durmiendo en el pequeño cuarto junto al área de servicio.

Lo único que jamás dejó que tocaran fue su relicario.

Apretó el pequeño colgante escondido bajo su ropa mientras caminaba por el pasillo. Dentro estaba la última foto de los tres juntos. Su madre, su padre y ella sonriendo felices.

Era lo único que le daba fuerzas para seguir.

Suspiró intentando ignorar las burlas.

Al otro extremo del pasillo estaba Kyra, perfectamente arreglada, abrazada al capitán de rugby mientras varias chicas la rodeaban.

—Ay, hermanita… esta mañana no me di cuenta de que el otro paraguas estaba en mi bolso. Upsi, soy tan despistada.

Las risas explotaron. Olivia no respondió.

Solo apretó su cuaderno contra su pecho y caminó hacia el salón de exámenes, pronto sería la segunta parte y no quería que la volvieran a encerrar en el baño, pero claro Kyra no se lo dejaría fácil.

—Hermanita, te he dicho tanto, si quieres ropa, tengo bastante que estoy botando a la basura, asi puedes vestirte un poquito más a la moda, la verdad es que me da verguenza que sepan que somos hermanas.

Olivia por primera vez sintió cansancio, ya estaba harta de sus burlas y de que cada vez que ella quisiera, la golpearan o la encerraran en la basura, algo en su interior se encendió.

—No... somos... hermanas

Kyra abrió los ojos y puso una mano su pecho actuando una falsa tristeza.

—Oli, porque eres tan cruel conmigo, yo te quiero como una hermana.

— Déjame en paz Kyra vete con tu novio cabeza de músculo y déjame en paz.

El empujón no tardó y Olivia fue a dar al suelo, para su mala suerte su relicario cayó. Kyra que sabía lo que significaba para ella lo tomó rapido.

— Aaawww tanto que cuidas esta baratija. Dime Oli ¿Que harías por ella?

— Dámela Kyra, devuélvemela.

— Arrodíllate y di que eres un perro sarnoso. Solo así te la devolveré.

Olivia se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras todos sacaban sus celulares para grabar el espectáculo, ella cayó en sus rodillas.

— Soy un perro sarnoso.

Dijo con un hilo de voz, las risas no demoraron en sentirse Kyra dejó caer el relicario a su lado pero lo pisó quebrándolo.

— Upsi, pies torpes. Bueno no es que fuera una joya, es solo una baratija.

Kyra y su séquito salieron dejando a Olivia arrodillada llorando con el pequeño relicario en sus manos, solo quería salir de ese infierno, años de maltrato y humillaciones, ya le estaban cobrando facturas, solo un poco más y se iría lejos.

Tres horas después, todo había terminado.

Mientras los demás corrían a celebrar, Olivia corría al trabajo.

Sabía perfectamente que su padre jamás pagaría su universidad, así que llevaba dos años trabajando medio tiempo para ahorrar. Nadie sabía dónde escondía el dinero. Había abierto una cuenta secreta que ni Nilsa ni Kyra conocían.

Con suerte tendría para la matrícula.

Había postulado a becas, su sueño era estudiar negocios, quería ser como su madre.

Una mujer brillante que había llevado la empresa de sus abuelos hasta la cima antes de morir.

Los meses pasaron rápido.

La vida de Olivia se convirtió en una rutina silenciosa entre la casa y la pastelería.

Aun así, cada noche llevaba un pastel para su padre.

Siempre su favorito.

Él permanecía encerrado en el despacho mientras ella entraba como una sombra, dejaba la pequeña caja sobre el escritorio y murmuraba suavemente:

—Come algo.

Después volvía a su habitación sin esperar respuesta.

Una mañana, una carta llegó.

Olivia la tomó temblando y corrió a encerrarse en su cuarto para abrirla.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas apenas leyó el contenido.

Había obtenido puntaje nacional.

La prestigiosa universidad donde soñaba estudiar había abierto sus puertas para ella.

Todas las becas que solicitó fueron aprobadas.

Podía estudiar. Podía cambiar su vida y alejarse de ese infierno para siempre. Solo necesitaba mil quinientos dólares para la matrícula.

Mil quinientos. Nada más.

Ese día en la pastelería le contó todo al señor Johnson. El anciano sonrió orgulloso detrás del mostrador.

—Mi niña… voy a extrañarte muchísimo.

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