Las lágrimas de Selene volvieron a caer, acompañadas de un incontrolable ataque de ira.
Hasta ahora, nunca había perdido los estribos con Federico.
En dos años de matrimonio, jamás le había levantado la voz. Frente a él, se podría decir que no tenía carácter.
Tal vez, como había dicho Xavier Jaramillo, llevaba tanto tiempo arrodillada que ya no sabía cómo ponerse de pie.
Pero esta vez, ya no pudo contener su furia.
No sabía si era el deseo genuino de defenderse o las hormonas del embarazo.
Sea como fuere, Selene tenía unas ganas inmensas de explotar.
Y lo hizo.
—¡Habla! ¿Por qué no dices nada? ¿Te quedaste mudo?
En cuanto las palabras salieron de su boca, ella misma se sorprendió. ¿Acababa de... llamar mudo a Federico?
Él también estaba desconcertado.
Desde que la conocía, Selene siempre había sido una mujer orgullosa, a veces incluso malcriada, con un carácter de niña rica bien conocido en su círculo social; la clásica rosa llena de espinas.
Sin embargo, con él siempre era la encarnación de la dulzura, desviviéndose por entregarle lo mejor de sí misma.
Entonces, ¿toda esa docilidad del pasado, toda esa devoción, había sido fingida?
¿Se había cansado de fingir tanto tiempo, ya no le importaba aparentar o qué estaba pasando?
Federico giró el rostro para mirarla con cierta perplejidad. Al ver su bellísimo rostro bañado en lágrimas, una inexplicable y profunda irritación lo invadió.
Viéndola así, cualquiera pensaría que la estaba maltratando.
Contagiado por el mal humor, le respondió con fastidio:
—No me gusta, no me da la gana de usarlo.
Su respuesta dejó a Selene helada.
Federico jamás le había hablado en ese tono.
Él siempre mantenía un aire de superioridad: calculador, distante, callado, obstinado, sensato, con esa vibra autoritaria que a veces infundía respeto y hasta temor.
Pero con esa respuesta, la sensatez había desaparecido por completo, sonando más como el berrinche de un niño grande.
Tras unos segundos de estupor, la ira de Selene subió otro nivel.
—¿Y crees que a mí me gusta tomar tantas pastillas?
Federico se irritó aún más. Odiaba ese tipo de discusiones, sentía que estaban jugando a las casitas.

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