Selene lo miró fijamente.
—Sigues sin responder a mi pregunta de frente. El bebé es de Bruno y claro que estoy dispuesta a ayudar. Pero si yo la cuidara, sería por voluntad propia; si yo sugiriera llevar a Mariana a nuestra casa, sería mi decisión, algo que yo querría hacer. Pero ahora... eres tú quien lo exige, eres tú quien lo impone. Ante mi negativa, aún buscas forzarme, persuadirme. Y como sigo sin querer hacerlo, ¿me llamas irrazonable, necia y mala amiga?
—No tengo ganas de discutir contigo —cortó Federico.
Diciendo esto, bajó del auto y azotó la puerta con tal fuerza que el estruendo asustó a Selene.
Las lágrimas que no pudo contener brotaron nuevamente. Sin perder tiempo, abrió su puerta, se bajó del auto, corrió tras él y le cortó el paso.
Federico era un hombre alto, mediría al menos un metro ochenta y seis.
Aunque Selene medía un metro setenta, frente a él seguía luciendo pequeña.
—Responde a mi pregunta. ¡Mírame a la cara y responde! —exigió Selene, alzando el rostro, aferrada a conseguir una respuesta definitiva.
Al ver que la tensión entre ambos había llegado a un punto crítico, Federico finalmente se dignó a responder.
—Incluso si estuvieras embarazada, deberías cuidar de Mariana.
Al observar la absoluta frialdad en los ojos del hombre, Selene soltó una risa repentina. En el fondo, ella ya conocía la respuesta, ¿verdad?
Aun así, se había empeñado en buscar esta humillación.
Efectivamente... se había buscado su propia miseria.
—Entiendo. —Asintió, sintiendo el corazón latir con espasmos de dolor mientras las lágrimas seguían brotando.
Federico frunció el ceño con severidad.
—Incluso si estuvieras embarazada, tu esposo sigue vivo, ¿cómo puedes compararte con ella? Además, no olvides que se lo debes. ¿O ya se te olvidó?
Las palabras de Federico hicieron que Selene ahogara un jadeo. Lo miró estupefacta.
—Te lo he explicado miles de veces... y tú... ¿no me creíste?
Federico la interrumpió de tajo.


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