Federico no dijo nada; solo frunció más el ceño, con el rostro ensombrecido.
Porque...-
Selene ni siquiera había salido a recibirlo.
En el pasado, sin importar lo tarde que llegara, Selene siempre corría hacia él como un pajarillo alegre en el primer instante.
Le ayudaba a quitarse el saco, le traía sus pantuflas y le preguntaba si tenía hambre o si estaba muy cansado.
Además, todas las noches pedía a la cocina que le prepararan una sopa especial.
Cambiaba de receta para que nunca se repitiera.
Lo llevaba casi a la fuerza al sofá y le servía personalmente un tazón a la temperatura perfecta.
Mientras él terminaba, ella le daba un masaje en las sienes y en los hombros.
Pero ahora, la lujosa y enorme sala principal lucía vacía y fría.
Federico mantuvo el silencio. Caminó con el rostro tenso hasta sentarse en el sofá.
En la mesa de centro no había ninguna sopa caliente; estaba completamente despejada.
El apuesto rostro de Federico se volvió aún más frío y severo, dándole un aspecto intimidante.
Al ver que miraba a su alrededor, Rosa habló temblando:
—Señor, la... la señora... se fue.
—¿Se fue? —Federico clavó sus fríos ojos en Rosa; su tono era gélido—. ¿Qué quieres decir con que se fue?
—No... no lo sé —balbuceó el ama de llaves—. La señora no... no dijo a dónde iba. Solo... salió de casa. Le pregunté, pero no respondió. Solo nos pidió... que no nos entrometiéramos.
Al escuchar eso, una ira incontenible ardió en el pecho de Federico.
Sacó su teléfono al instante y llamó a Selene.
Pero...
Ella no contestó.
Selene se había dado un baño. Ya en pijama, se sentó en la cama y, al tomar su celular, vio la llamada perdida de Federico.
Al mirar la hora, notó que era medianoche.
Frunció levemente el ceño, pero le devolvió la llamada.
Federico contestó de inmediato, atacando desde el primer segundo:
—¿Ahora juegas a fugarte de casa?
Tenía un tono hostil, estaba furioso.


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