ELOISE
La Luna de Sangre colgaba alta sobre la Manada de Otoño, tiñendo el claro con un resplandor carmesí. El aire estaba cargado con el olor a pino y el sudor de cientos de lobos que me observaban.
Esta noche era la Ceremonia de Emparejamiento bajo la Luna de Sangre, la noche en que se suponía que mi vida encajaría por fin.
—La Diosa Luna derrama sus bendiciones sobre nosotros —anunció el Anciano de la Manada. Su voz, áspera, aun así se imponía al viento—. Esta noche, el Alfa Edward marcará a su compañera destinada, uniendo la fuerza de la manada. Eloise Lockwood, da un paso al frente.
Avancé hacia el altar de piedra en el centro del campo. Mi vestido ceremonial blanco se sentía pesado y el silencio de la multitud era tenso.
Edward estaba frente a mí. Como Alfa, debería lucir orgulloso de estar a punto de marcarme, debería irradiar posesividad, pero, en lugar de eso, tenía la mandíbula apretada y se negaba a mirarme a los ojos. Su lobo, siempre presente y fuerte en mi mente, se sentía lejano.
—Alfa —lo llamó el Anciano con suavidad—. Es hora de poner tu marca en la futura Luna de esta manada.
Edward vaciló.
Los segundos se alargaron como si lleváramos allí una eternidad. Sus manos, pegadas a los costados, no se movían. No se inclinó para olerme ni descubrió los colmillos para marcar ese punto de mi cuello. Solo se quedó ahí, pareciendo un hombre al que habían obligado a estar presente.
Los susurros estallaron entre los miembros de la manada.
—¿Qué está pasando?
—¿Por qué no la está marcando?
—¿El Alfa rechaza el vínculo?
—¿Se dio cuenta de que no puede estar con ella por su conexión con los renegados?
La humillación me ardió en la piel más que las antorchas que nos rodeaban. Estiré la mano hacia su brazo, rozándolo apenas con los dedos.
—Edward —susurré, suplicando con la mirada. Había cientos de personas allí; no tendría sentido que se echara atrás ahora—. Por favor, toda la manada está mirando.
Se estremeció al sentir mi toque. Abrió la boca para decir algo; quizá quería disculparse o rechazarme. Pero no lo sabríamos, porque un olor a hierro fresco y a podredumbre nos golpeó la nariz.
Sangre.
Un crujido llegó desde el borde del bosque y, de pronto, un cuerpo cayó de bruces sobre la hierba.
Entrecerré los ojos para ver quién era. Era uno de los guardias de patrulla; su armadura hecha trizas lo delataba. Tenía profundas marcas de zarpas por todo el pecho y arrastraba una pierna. Se desplomó cuando por fin llegó al altar de piedra.
—Alfa… —se atragantó el guardia, con la sangre burbujeándole en la boca—. Renegados… en la Frontera Norte…
El semblante de Edward cambió de inmediato; cayó de rodillas junto al guardia herido.
—Informe. ¿Cuántos?
—D-demasiados… —El guardia le apretó el brazo a Edward, con los ojos abiertos de par en par por el pánico y el terror—. Tienen a L-Lady Summer. Está rodeada por ellos, y yo no pu…
No pudo terminar, porque otra oleada de sangre le brotó de la boca.
La sangre se le fue del rostro a Edward.
—¿Summer?
—Está atrapada entre los renegados. Está muy herida y no creo que aguante otros diez minutos.



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