Otilia le devolvió la sonrisa:
—No es necesario, a quien busco es precisamente a ti.
Alana se quedó perpleja.
—Una vieja amiga mía fue paciente tuya hace tiempo y me habló maravillas de ti —se apresuró a añadir la Gran Dama.
Alana frunció el ceño, intrigada.
En sus años trabajando para el hospital de los Herrera, casi todos los casos que le asignaban eran las "sobras": pacientes a los que los demás especialistas ya habían desahuciado o simplemente no querían atender.
Los pacientes mayores solían desconfiar de médicos tan jóvenes como ella, así que estaba completamente segura de no haber atendido a nadie que encajara en esa descripción.
Pero, pensando que de todos modos esta sería su única visita, decidió no darle más vueltas y sonrió profesionalmente:
—La recuperación de su cirugía de hernia discal va muy bien, señora Otilia, pero su musculatura lumbar aún está muy débil. Necesita enfocarse en rutinas específicas para fortalecer esa zona. Le voy a preparar una guía de ejercicios para que los haga en casa a diario. No se preocupe, son movimientos muy sencillos. Si es constante durante tres meses, le aseguro que ya no necesitará usar el bastón.
Otilia asintió, fascinada.
—Pues muchísimas gracias, doctora Alana.
—Es un placer.
Alana sacó su pluma y comenzó a redactar sus notas médicas.
—La doctora Alana debe ser una mujer muy ocupada. Seguramente ni tiempo tiene para tener novio, ¿o me equivoco? —lanzó Otilia, de la nada.
—De hecho, estoy a punto de divorciarme —respondió Alana con total naturalidad.
Otilia parpadeó, sorprendida, pero rápidamente recuperó la compostura.
—Ay, seguro ese hombre era un bueno para nada.
—No necesariamente —dijo Alana, sin una pizca de rencor en la voz—. Simplemente éramos muy jóvenes y no supimos cómo llevar el matrimonio.
Al escuchar eso, los ojos de Otilia se iluminaron y se inclinó hacia adelante con entusiasmo.
—Pues a rey muerto, rey puesto. ¡Yo te presento a alguien! Te juro que será mil veces mejor que tu exmarido.
Alana soltó una carcajada sincera.
—Le agradezco mucho la intención, de verdad.
Pensó que era increíble que alguien de la familia Lozano pudiera ser tan cálida y accesible.
En ese momento, Yara entró a la sala aferrada del brazo de Lisandro.
—Tía, ¿de qué platican tan animadas?
—De nada, mi niña. Solo que la doctora es un encanto de persona.
Yara le lanzó a Alana una sonrisa cargada de hipocresía y se sentó junto a su tía, desesperada por ganar puntos.
—¿Ya ve que no le mentía? Lisandro se preocupa por usted tanto como yo. Cuando me dijo que quería buscar a la doctora Alana, aunque ella ya no trabaja en el hospital, él se encargó personalmente de traerla.

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