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¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía romance Capítulo 37

Nuevo hogar¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Reprimiendo sus emociones, Alana se dirigió a su padre:

—Papá, mi suegra no se ha sentido bien y acaba de salir del hospital. ¿Por qué no dejamos esta reunión familiar para otro día?

Gregorio, bromeando con Isabel, replicó:

—¡Mire nomás! En tan pocos años ya parece que es hija suya, se preocupa más por ustedes que por ella misma.

—Todo es gracias a usted, por habernos entregado a una hija tan maravillosa —respondió Isabel, sonriendo alegremente.

—¿No estaban a punto de preparar la cena? Recuerdo que a Yarita le encanta la sopa de pichón —interrumpió Inés de pronto.

Y, dirigiendo su mirada a Alana, añadió:

—Alana, la última vez que la preparaste quedó mejor que la del chef de la casa. ¿Por qué no te encargas tú misma de prepararle un poco a Yarita para que la pruebe?

—No creo que sea buena idea, abuela —rechazó Yara, con una sonrisa fingida—. No me atrevería a usar a la señora Herrera como si fuera una sirvienta.

Alana se mordió el labio y estaba a punto de responder cuando Gregorio se arremangó las mangas de la camisa y exclamó con una sonrisa:

—Hablando de sopa de pichón, traje unas frutas silvestres que le dan un toque exquisito si se cocinan junto con el ave. Permítame cocinarles algo para que prueben mi sazón.

Con su actitud campechana, le pidió al mayordomo que lo llevara a la cocina. Nadie pudo detenerlo.

Alana, sin más opciones, tuvo que seguirlo para ayudarle.

Gregorio se afanaba en los fogones, muy concentrado. Cuando por fin se quedaron a solas, le preguntó en voz baja:

—Las piernas de tu esposo ya están completamente bien, ¿verdad?

Alana tardó un segundo en asentir y respondió con un suave "sí".

—Ahora que él está sano, ya no tienes que matarte cuidándolo, y puedes empezar a preocuparte un poco más por ti misma. Mírate, estás en los huesos. Estás más delgada que cuando te partías el lomo trabajando en ese instituto de investigación —le reprochó Gregorio, aunque en su voz se notaba la preocupación.

Al escucharlo, Alana sintió un nudo en el estómago.

En aquella época, a Gregorio le había ido muy bien en un negocio de tierras y de la noche a la mañana se hizo rico.

Todos los días le recriminaba que le estaba dedicando su vida entera al laboratorio, como si le hubieran lavado el cerebro.

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