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¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía romance Capítulo 38

Nuevo hogar¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Con el rostro pálido y la mirada fría, Lisandro asintió a regañadientes.

Llegó la hora de la cena.

Inés insistió en que Yara se quedara y le asignó el asiento contiguo a Lisandro.

Lisandro se dedicó a mimar a Yara con suma atención, pasando por alto por completo a su esposa, que estaba sentada frente a él.

Cualquiera que no supiera de la situación pensaría sin dudar que Yara y él eran una pareja enamorada.

Alana maldijo por lo bajo; había sido una pérdida de tiempo. Debió haberse llevado a su padre sin mediar palabra.

—Hacen una pareja hermosa —comentó Inés, cerrando los ojos por la inmensa sonrisa que le dedicaba a Yara—. Qué bien se ven juntos.

—Ay, abuela, no diga esas cosas —Yara fingió molestia, lanzando una mirada de soslayo hacia Alana a modo de provocación.

—No estoy diciendo ninguna tontería, mi mente está más clara que nunca —respondió Inés sin reparos—. Si el destino no hubiera intervenido para arruinar las cosas, ¿cómo habría podido una gallina de corral juntarse con un pavo real?

Alana era consciente del rechazo de la abuela, así que en su día a día se esforzaba el doble por complacerla en todo.

Gracias a que Isabel había intercedido por ella un par de veces, Inés se había limitado a mantener una actitud aparentemente cordial.

Sin embargo, ahora no tenía ninguna intención de fingir; la estaba humillando sin piedad en presencia de su padre.

Apretando los labios en una línea fina y preocupada por la reacción de Gregorio y de Isabel, cerró los puños, pero guardó silencio.

Al ver la incomodidad del momento, Isabel intervino rápidamente para calmar las aguas:

—Alana es una bendición, seguro fue un regalo que los antepasados de la familia Herrera nos mandaron. En un tiempo, quiero empezar a involucrarla en los negocios del Consorcio Herrera para que vaya aprendiendo poco a poco.

Esa declaración dejó a todos petrificados, cada uno con una expresión distinta.

—La consiente demasiado —rió Gregorio—. Para mí no es tan importante si aprende o no de negocios. Ya estamos entrando en años, y no sabe cómo envidio a esos que ya son abuelos.

Isabel asintió riendo, coincidiendo plenamente con él:

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