No buscó a su mentor para pedirle explicaciones, pensando que si el académico Vargas planeaba elegir a Yara, seguramente tendría sus motivos.
Francisco notó la inquietud en su mirada y le palmeó el hombro con suavidad.
—Si no te sientes bien, ve a buscar a Axel y salgan a tomar un poco de aire. Hace un momento dijo que iba al baño, ya debería estar de regreso.
Hablando del rey de Roma, Axel se acercó en ese instante.
—¿Te sientes mal? —preguntó con preocupación.
Alana negó con la cabeza para indicarle que estaba bien.
Axel sonrió y, sin escatimar en halagos, le levantó el pulgar en señal de aprobación.
Él mismo se había encargado de su maquillaje y peinado; sentía que era perfecto para la ocasión y, sobre todo, perfecto para ella.
Alana tenía un rostro ovalado de proporciones exquisitas, del tamaño ideal que muchas mujeres envidiaban profundamente.
No poseía una belleza abrumadora o seductora, pero el maquillaje enfocado en sus ojos resaltaba su mirada limpia, clara y hermosa.
Axel había elegido deliberadamente un estilo sutil y elegante que magnificaba sus mejores rasgos, logrando que su rostro se viera suave como el agua y sus cejas finamente delineadas le dieran un aire de misterio.
Toda ella irradiaba una belleza tranquila y atemporal, como una orquídea blanca, con una elegancia que la hacía destacar del resto.
—Hace un rato escuché a varias mujeres suspirando por ahí, diciendo que el ministro Lozano es guapísimo —le chismeó Axel en voz baja—. ¿Dónde está? Déjame ver, ¿de verdad es tan guapo?
—A la una en punto, el que lleva el Prendedor de Jade Negro junto a Yara —respondió Alana sin girar la cabeza, indicándole la dirección.
Axel miró hacia donde le indicó, sus pupilas se dilataron por la sorpresa y no pudo evitar suspirar.
—¿Qué lotería genética se ganó este hombre? —murmuró, atónito.
Alana se inclinó hacia él y le explicó en voz baja la relación entre el ministro Lozano y Yara.
—¿Es el padre adoptivo de esa arpía? —Axel estaba incrédulo, puso los ojos en blanco con fuerza y sacudió la cabeza—. Qué desperdicio, ¿para qué darle un rostro tan perfecto al villano de la historia?
Alana, entre la risa y la exasperación, le dio un codazo para que bajara la voz.
No sabía si el aire acondicionado del salón estaba demasiado fuerte, pero no pudo evitar un escalofrío; sentía que, desde la penumbra, alguien la observaba fijamente.
Se giró por instinto y vio a Caleb Lozano mirándola de reojo, justo en el momento en que levantaba su copa. El reloj en su muñeca destelló con un brillo frío e intimidante.

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