Había alquilado un pequeño apartamento cerca del hospital para vivir por su cuenta.
—¡¿Dónde diablos estás?! —rugió la voz de Sergio Serna al otro lado de la línea, con un tono dictatorial y exigente—. ¡Vete a urgencias ahora mismo! Tu hermana está internada por tu culpa. ¡Muévete!
Yuliana frunció el ceño. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.
Seguramente, Leticia había llegado a casa a jugar su papel de mártir, llenándole la cabeza de mentiras a su padre.
De otra forma, Sergio no estaría tan histérico.
Para él, Leticia era su princesa intocable, un tesoro que no podía sufrir el más mínimo rasguño. Mientras que ella, su hija mayor, no era más que un trapo que podía usar y desechar a su antojo.
La voz de Yuliana sonó monótona, pero llena de una resolución inquebrantable.
—Ya estoy acostada. En urgencias hay doctores y enfermeras de sobra para atenderla.
—¡¿Qué estupidez estás diciendo?! —estalló Sergio, alzando aún más la voz, furioso—. ¿Acaso perdiste la cabeza, Yuliana? ¡Es tu propia hermana! ¡Está sufriendo en una camilla y tú tienes el descaro de decirme que te vas a dormir? Te lo advierto, ¡vienes para acá hoy mismo!
—¿Y por qué tendría que ir? —respondió Yuliana, soltando el sarcasmo que llevaba años reprimiendo—. No es mi madre, ni es mi hija. ¿Bajo qué lógica tengo que dejar todo botado por ella?
—¡¿Cómo te atreves a contestarme así?! —rugió Sergio, ahogándose de rabia y subiendo el tono de la amenaza—. ¡Te doy diez minutos para estar aquí, o asume las consecuencias!
Yuliana soltó una carcajada seca.
—¿Asumir las consecuencias? Papá, desde que tengo memoria he tenido que hacerme cargo de mi propia vida.
La voz de Sergio se volvió oscura y venenosa.
—Si quieres seguir trabajando tranquilita en ese hospital, más te vale que muevas el trasero y vengas. Créeme, me sobran los medios para asegurarme de que no vuelvas a pisar ese lugar.
¡Ni su peor enemigo le hablaría con tanto odio!
—No voy a ir.
—¡Perfecto! ¡Me parece excelente! —rugió Sergio, rechinando los dientes de la furia—. ¡No te atrevas a arrepentirte, Yuliana!
Sus amenazas cayeron como bloques de hielo, pero a Yuliana ya no le afectaban; solo sentía una profunda anestesia emocional.
Sin esperar a que Sergio vomitara otro insulto, cortó la llamada. Puso el celular en silencio y lo arrojó sobre la mesa de noche.
En medio de la oscuridad, Yuliana se quedó con la mirada clavada en el techo. Sus ojos estaban secos y fríos.
De haber sabido que el amor de un padre era un espejismo en su caso, no habría desperdiciado tantos años interpretando el papel de la hija buena y obediente solo para mendigar unas cuantas migajas de cariño falso.
Esa llamada había agotado la última gota de esperanza que le quedaba respecto a ese hombre al que, por costumbre biológica, llamaba padre.
Se dio la vuelta y se cubrió hasta la cabeza con las cobijas, pero el intenso frío que sentía en el alma no desapareció.

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