El repentino drama hizo que la cena terminara de manera abrupta.
Gala acompañó a Yuliana hasta la entrada del edificio. Su rostro reflejaba una culpa evidente y su tono de voz estaba lleno de remordimiento.
—Perdóname, Yuli, de verdad. Todo esto es mi culpa por ser tan entrometida y presentarte a ese infeliz. Si no fuera por mí, no habrías tenido que pasar por esta humillación.
Para Gala, Yuliana siempre había sido una mujer inteligente, comprensiva y dedicada a cuidar de todos a su alrededor. Una chica tan increíble merecía ser amada y protegida, no traicionada por un par de escorias.
Yuliana mantenía una expresión serena, sin rastro de tristeza, mostrando mucha más calma que la propia Gala, quien seguía furiosa.
—No tienes la culpa de nada. Fui yo la que no supo elegir y no me di cuenta de la clase de monstruo que tenía al lado.
—¡Ese poco hombre no vale la pena! ¡Que se largue, te hizo un favor! —Gala le entrelazó el brazo, hablando con furia pero llena de convicción—. Mírate, eres preciosa, una doctora brillante... te mereces a alguien que de verdad te valore.
Yuliana soltó una risa ligera ante la actitud protectora de su amiga y le dio unas palmaditas en la mano.
—Ya, tranquila, no dejes que esto te amargue. De verdad que ya no me importa. Por cierto, ¡mucho éxito para la empresaria!
Gala acababa de abrir un salón de belleza un par de días atrás, y esa era exactamente la gran noticia que quería celebrar con ella.
—¡Amén! Y ya sabes, cuando quieras consentirte, ¡aquí tienes a tu especialista! —Gala la soltó y le dio una última advertencia—. Ve con cuidado y mándame un mensaje en cuanto cruces la puerta de tu casa.
Yuliana asintió, hizo señas a un taxi en la calle y su figura desapareció rápidamente en la oscuridad de la noche.
En cuanto el taxi se perdió de vista, la sonrisa de Gala se esfumó por completo, dando paso a una furia incontenible. Se dio la media vuelta y caminó a paso firme hacia el otro lado del restaurante.
En ese momento, Ricardo acababa de pagar la cuenta. Al levantar la vista, se topó con el rostro enfurecido de su esposa e intentó recibirla con una sonrisa nerviosa.
—Mi amor...
—Jajaja, el señor Estrada tiene un excelente sentido del humor —rio el hombre, acomodándose la chaqueta—. ¿Le parece si subimos?
El hombre de mediana edad era el Director del Departamento de Comercio, Héctor Fontán.
Normalmente, era él quien recibía trato de rey en la ciudad, pero frente a Benicio, su actitud era sumisa y complaciente.
La familia Estrada era uno de los clanes con mayor poder e influencia en la Capital. Benicio había rechazado un alto cargo allá para venir a dirigir la Corporación Horizonte en Valenciora. Muchos especulaban que solo estaba de paso, preparando el terreno para regresar con aún más poder.
Fuese cual fuese el motivo, Héctor sabía perfectamente que ganarse el favor de Benicio solo traería beneficios para su carrera.
El grupo caminó hacia los ascensores. Héctor, solícito, puso la mano para sostener la puerta y esperó a que Benicio entrara primero antes de seguirlo.
Justo cuando las puertas metálicas estaban a punto de cerrarse, alguien llegó corriendo a toda prisa y el sensor hizo que se abrieran de nuevo.

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