Lo de Gilda solo fue un pequeño episodio; enseguida la plática volvió al tema del divorcio de Florencia. Edna, con la curiosidad a flor de piel, preguntó:
—¿Esta vez sí firmaste los papeles? ¿De verdad ese Salvador fue tan buena gente?
—El abuelo llevó a unos guardaespaldas para presionarlo —explicó Florencia. Notó que Edna decía “firmar” y no “obtener el acta”, así que preguntó con naturalidad—: Oye, ¿por qué nunca me mencionaste lo del periodo de espera para el divorcio?
Edna, siendo abogada, no podía desconocerlo.
Edna soltó un suspiro.
—Pues, ¿qué te digo? Era para que no te me echaras para atrás. Si desde el principio te contaba que había que esperar treinta días después de solicitarlo, quién sabe si te ibas a animar, y capaz que le dabas el gusto a Salvador.
Flor, ya sé que lo has querido por años. Así que tuve que darte ese empujón, ¿me vas a reclamar por eso?
Florencia, en realidad, solo había preguntado por preguntar. No esperaba que Edna le echara tremenda confesión. La miró directo a los ojos y, una vez más, reafirmó:
—No te preocupes. No importa lo difícil que se ponga, ya no voy a echarme para atrás.
—Eso me tranquiliza. Y, ¿tu abuelo qué dice? —Edna no dejaba pasar detalles.
—Dice que va a mover algunos contactos para intentar que el acta salga antes, no sea que pase algo raro en el camino. Se nota que esta vez sí está de mi lado —le contó Florencia.
Edna por fin soltó un largo respiro.
—Eso está genial. Con las conexiones del abuelo, capaz sí lo logra. Pero bueno, ya no hablemos de cosas feas. Hoy es un buen día, ¡vamos a celebrar y que nadie se vaya a casa sobrio!
Edna tenía ese talento para romper el hielo. Aunque muchos de los presentes en la mesa ni se conocían bien, con ella ahí nadie se sentía fuera de lugar.
Florencia, recordando que Gilda no podía tomar alcohol, llamó al mesero para pedirle un jugo especial para ella.
Ciro, quien solía ser el alma de la fiesta, hoy estaba callado, ensimismado en sus pensamientos. Edna, siempre atenta, le dio un codazo.
—¿Ahora tú en qué andas pensando? Tú mismo dijiste que ibas a apoyar a Flor, que ya no querías saber nada del tal Salvador. No me digas que ya te arrepentiste y te está doliendo por él.
Ciro levantó la cabeza, con cara de asombro, como si le hubiera caído un rayo.
—¿Qué dijiste? ¿Florencia quería a Salvador desde hace años?
Arrugó la frente, mirando a Florencia con una mezcla de incredulidad y desconcierto.
Recordaba vagamente el día en que Florencia y Salvador se casaron. Esa noche, Salvador los reunió a todos para tomar unas copas; Martina también estaba presente.
Martina, sin filtro, dijo que Florencia menospreciaba a Salvador por ser hijo fuera de matrimonio, que casarse con él era una humillación para ella. Incluso le pidió a Salvador que, por consideración a ella, aguantara las cosas con Florencia.

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