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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 239

El día que recibieron el acta de divorcio, el abuelo fue quien acompañó a Florencia.

Salvador también estaba presente; callado, solo levantaba la mirada de vez en cuando para observar a Florencia.

En sus ojos se agitaba una marea de sentimientos imposibles de descifrar.

Florencia, de principio a fin, evitó cruzar la mirada con él.

La tensión entre ambos era todavía más palpable que la última vez que se vieron.

La encargada del trámite era la misma señorita joven de la vez anterior. Florencia notó cómo la chica, con una eficiencia casi alegre, tomó el acta de divorcio, la selló y se la entregó.

Todo salió tan fácil y rápido, que parecía un sueño irreal.

El abuelo, a un lado, no ocultaba su satisfacción:

—¿Ya viste? ¿Quién dijo que teníamos que esperar treinta días? Cuando el abuelo mete mano, te aseguro que nuestra Flor sale rápido de cualquier lío.

Florencia no alcanzó a responder, cuando Salvador soltó una risita por lo bajo.

—Sí, usted es el más fuerte de todos. Felicidades, logró que su propio hijo termine sin esposa ni perro que le ladre.

El tono de Salvador, cargado de sarcasmo y amargura, llenó el aire.

El abuelo no dudó ni un segundo: levantó su bastón y le pegó en la pierna sin miramientos.

—¿Y todavía te atreves a hablar? Todo esto es consecuencia de tus propias tonterías. Flor es una gran muchacha, si no hubieras insistido tanto, ¿crees que ella habría pedido el divorcio?

Ya estuvo, no quiero seguir discutiendo contigo. Ya tienen el acta, así que largo a la empresa de una vez.

La mirada de Salvador volvió a posarse en Florencia, con una mezcla de obstinación y algo imposible de interpretar. Su voz salió desganada:

—¿A qué viene la prisa, abuelo? Flor y yo solo nos divorciamos, no es como si jamás nos fuéramos a hablar otra vez.

Hoy en día, hay quienes se divorcian y luego vuelven a casarse. Un acta de divorcio solo prueba que, por ahora, hay problemas; no significa que sea para siempre. ¿No crees, Flor?

Los ojos de Florencia seguían igual de distantes, sin siquiera mirarlo, y eso a Salvador le molestaba aún más.

Parecía que solo buscaba atraer su atención.

Con los dedos, acariciaba el acta de divorcio que le correspondía. La alianza en su anular raspó la superficie del papel, dejando un pequeño sonido.

No quitaba la vista de Florencia, con una determinación que parecía no conocer límites.

—Hazte a un lado y no estés aquí estorbando —le soltó el abuelo sin paciencia—. Flor, ya pronto te vas a Alicante, y quién sabe cuándo volverás a Solara. ¿Antes de irte podrías regresar a casa y cenar con tu abuelo?

Con el acta ya en la mano y un peso menos en el pecho, Florencia asintió.

El abuelo volvió a pedirle a Salvador que se fuera a la empresa, pero Salvador no se movió. Con total confianza, abrió la puerta del carro y se sentó en el asiento trasero.

El abuelo resopló y le dijo a Florencia:

—Si quiere sentarse, que lo haga. Nosotros tomamos taxi, porque ya me tiene harto este condenado.

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