Salvador evitó mirar a Martina. Apretaba el celular en la mano, visiblemente inquieto, con el ceño marcado y la mirada perdida, como si le costara trabajo ordenar sus pensamientos.
Martina, con los ojos aún más enrojecidos, rompió en llanto.
—Señor Fuentes, usted lo sabe… Yo solo quiero conservar este trabajo, nunca he querido meterme entre usted y mi hermana.
Soltó un suspiro tembloroso, la desesperación asomando en su voz.
—Ahora mi hermana me tiene tanto rencor, de verdad ya no sé qué hacer… Si mi papá de veras quiere casarme a la fuerza, de plano prefiero morirme.
Mientras hablaba, Martina se bajó de la cama a tientas, buscando algún objeto filoso, pero olvidó por completo la herida en su pierna. Cayó de lleno al suelo, provocando un estruendo que llenó la habitación.
Fue ese ruido el que sacó a Salvador de sus pensamientos. Frunció aún más el entrecejo; la molestia en su rostro era evidente, casi como si estuviera a punto de estallar.
Sin decir mucho, levantó a Martina y la acomodó de nuevo en la cama.
—Tranquilízate. Yo me encargo de esto, Florencia…
Hizo una pausa, su voz menos dura.
—Yo te pido disculpas a nombre de ella. En un rato le diré a Noah que venga a ayudarte a buscar otro lugar dónde quedarte.
—¿Entonces el señor Fuentes me va a mandar a otra parte? ¿A otro hotel? —preguntó Martina, hecha un mar de nervios, los hombros temblándole—. ¿Y si ellos me encuentran otra vez? Yo ahorita no puedo ni caminar bien, ni siquiera podría escapar. Mejor que…
—Hablaré con Facundo —interrumpió Salvador, fastidiado por el llanto de Martina. Caminó hacia la ventana, poniendo distancia entre ambos.
Martina notó lo lejos que se había puesto, ese pequeño gesto de rechazo.
En sus ojos pasó una sombra, pero aun así siguió mostrándose frágil y lastimada.
—No hace falta, señor Fuentes. Ahora usted es el esposo de mi hermana, si toma mi lado mi papá se va a enojar todavía más. Mejor déjelo así, ¿sí?
—¿Entonces qué es lo que quieres? —preguntó Salvador, sin disimular el fastidio.
—Yo… —la voz de Martina se volvió más apagada, mirándolo con un aire de resignación—. Escuché que mi hermana tiene una casa en Villa Los Alamos. Si me deja quedarme ahí, aunque sea un tiempo…
Salvador la observó, sin responder. Su mirada era tan extraña que Martina casi pudo escuchar el insulto silencioso en su cabeza.
Aun así, siguió actuando como la víctima.
—Sé que es atrevido pedir esto, pero no tengo a dónde ir. Nadie pensará en buscarme allá. Se lo juro, señor Fuentes, máximo me quedo medio mes. Apenas pueda moverme, me voy por mi cuenta, se lo prometo.
Ella sabía perfectamente que esa casa era lo único que Florencia había recibido de la familia Fuentes como dote. Recordaba haber visto las llaves en el estudio de Salvador, cuando le llevó unos documentos.
—¿Señor Fuentes?
Salvador seguía callado. Martina se animó a llamarlo de nuevo.
Esta vez, él simplemente se puso de pie y la miró desde arriba, con una mezcla de desdén y advertencia.
—Tú sabrás.

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