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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 37

El carro se detuvo frente a Jardines de Esmeralda.

Salvador no le dio a Florencia ni un segundo para resistirse; sin rodeos, la cargó y la llevó directo al interior, arrojándola sobre el sofá.

Por más suave que fuera el sofá, el golpe la hizo sentir que las tripas se le revolvían. Instintivamente, Florencia se cubrió el vientre con ambas manos, levantó la mirada y fulminó a Salvador.

—¿Ahora qué te pasa? ¿Perdiste la cabeza o qué?

Florencia no tenía ni la más mínima intención de seguirle el juego a Salvador en uno de sus arranques.

Intentó levantarse, pero él la empujó de nuevo contra los cojines.

Salvador, sin quitarle los ojos de encima, se aflojó la corbata y, en un movimiento rápido, le ató las manos por encima de la cabeza, asegurándolas con un nudo firme.

Su cuerpo se inclinó sobre ella, invadiendo su espacio.

Florencia, negándose a mirarlo, giró el rostro hacia un costado. Desde esa posición, alcanzó a ver el gran ramo de rosas rojas que había tirado en el bote de basura.

Algunas flores se habían deshojado, y los pétalos esparcidos por la alfombra, pisoteados, dejaban manchas carmesí, como si la sangre se derramara sin remedio.

Igual que su corazón, hecho pedazos y sangrando por dentro.

Salvador también notó las rosas, aplastadas y desparramadas.

Su mirada se tornó aún más oscura.

Le tomó la cara a Florencia, obligándola a mirarlo de frente.

—¿Ahora resulta que quieres divorciarte por culpa de Martina? ¿De verdad crees que el problema soy yo? Dímelo ya, ¿cuándo fue que encontraste a tu reemplazo?

Florencia abrió los ojos de par en par, incapaz de creer que él pudiera tergiversar todo de esa manera.

—¿En serio piensas que todos son igual de sucios que tú? —le soltó, bajando la cabeza para morderle la mano con fuerza en la base del pulgar.

El dolor hizo que Salvador apretara los dientes y aspirara aire, pero ni así aflojó la presa sobre ella.

Sin darle respiro, Salvador se inclinó y aplastó sus labios contra los de Florencia. El contacto le resultó helado al principio, pero pronto se volvió áspero, invasivo, como si buscara robarle hasta el último aliento.

Entre mordidas y besos que no pedía, Florencia sintió que el aire se le escapaba. El olor intenso de Salvador la envolvía, opresivo, como la garra de un animal salvaje.

Luchó con todas sus fuerzas, pero era inútil.

El pecho le ardía, le faltaba el aire. Salvador, fuera de sí, deslizó la mano hacia su falda. El aturdimiento de Florencia se transformó en un instante en lucidez.

Alzó la pierna y, sin pensarlo, le dio una patada brutal en la rodilla.

Salvador, sin esperárselo, perdió el equilibrio y acabó en el suelo.

El oxígeno volvió a sus pulmones. Florencia jadeaba, como un pez al que acaban de sacar del agua. El ahogo y la desesperación hicieron que las lágrimas le brotaran sin control.

Por fin, recuperando algo de compostura, lo miró con rabia.

Una gota cayó en la mano de Salvador, tibia al principio, pero en un segundo, el aire frío la volvió helada.

Como si apenas entonces recobrara la conciencia, Salvador retiró la mano de su boca.

Florencia se quedó mirándolo, exhausta.

Abrazó sus rodillas, encogiéndose sobre sí misma, como si así pudiera protegerse de todo.

Pero no servía de nada.

Incluso con los ojos cerrados, podía sentir la mirada acusadora de Salvador.

Alzó la vista, sus ojos empapados de lágrimas fijos en él. Pronunció despacio cada palabra:

—Salvador, deja de creer que todos son igual de sucios que tú. Yo jamás caería tan bajo.

En la mente de Salvador, Florencia siempre había sido orgullosa. Ni siquiera el día de la boda, cuando él llegó tarde y ella se quedó sola en la iglesia, perdió la compostura. Siempre erguida, sin dejarse vencer por la crítica de nadie.

Pero ahora, por primera vez, Salvador la veía frágil.

Como una flor que se dobla con el viento.

Hasta su espalda recta se curvó.

Su vestido, desabrochado y caído, dejaba al descubierto la piel pálida de su espalda, tan indefensa y vulnerable.

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