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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 38

Salvador incluso pudo ver cómo la columna vertebral de Florencia, por inclinarse, resaltaba de una forma dolorosa.

Con la mirada oscura, Salvador levantó la mano, pero al final la dejó caer y no volvió a tocar a Florencia.

Le llamó a Emilia para que fuera a cuidar de Florencia y, tras tomar las llaves del carro, salió de la casa.

Florencia sentía que el corazón le dolía tanto que apenas podía respirar, incluso después de escuchar cómo se cerraba la puerta.

Sin embargo, Salvador no se había ido de verdad. Se quedó sentado en el carro y le marcó a Noah, pidiéndole los videos de seguridad del restaurante de esa tarde.

El video empezó justo cuando Florencia entró al local.

No adelantó la grabación.

Se quedó ahí, mirando detenidamente la pantalla.

Vio cómo un hombre, con toda la cortesía del mundo, le acercó la silla a su esposa y luego se sentó frente a ella.

Las cámaras no tenían audio, así que no podía escuchar lo que decían. Solo observaba cómo el tipo parecía platicar animado, mientras su esposa permanecía distante, casi ajena.

A la mitad del video, de pronto, ese hombre dijo algo, y Florencia, que siempre se mostraba tan reservada, sonrió. Incluso sus ojos, que solían ser tan inexpresivos, ahora brillaban de alegría.

Salvador nunca había visto esa sonrisa en su esposa.

—¡Pum!— Su puño cayó sobre el volante, haciendo temblar todo el carro. La sonrisa radiante de Florencia se le quedó clavada como una espina en el pecho.

Su esposa jamás le había sonreído así. Pero a ese desconocido, salido de la nada, le regalaba una expresión que él ni siquiera imaginaba que podía existir en ella.

Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, habría pensado que Florencia era incapaz de sonreír de esa manera.

Noah seguía ahí. Por la ventana entreabierta, vio el semblante sombrío de Salvador.

—Señor Fuentes, ¿todo bien? —preguntó Noah, con cierta cautela.

Salvador encendió un cigarro.

El humo le picaba la garganta y, aunque por un segundo le nubló los pensamientos, no le quitó el malestar.

—Averigua qué hizo la señora hoy y quién era el tipo que estaba con ella —ordenó Salvador, sin apartar la vista del frente.

...

Florencia estuvo sentada en el sillón casi media hora antes de poder tranquilizarse.

No escuchó el motor del carro alejarse. Sabía que Salvador no se había ido en realidad.

Después de un día tan agotador, Florencia sentía el cuerpo y el alma por los suelos. No tenía fuerzas ni para preguntarse por qué Salvador seguía ahí.

Regresó a la habitación y cerró la puerta con seguro.

Se dio una ducha rápida y, al regresar, vio por la cortina agitada por el viento que en el patio seguía el Bentley, la ventana entreabierta y, apoyado en ella, el brazo de Salvador sosteniendo un cigarro encendido, cuya brasa naranja parpadeaba en la noche.

En el suelo, junto al carro, había un montón de colillas tiradas.

Florencia solo miró de reojo, luego cerró las cortinas con firmeza.

A veces, de verdad pensaba que a Salvador le fallaba algo en la cabeza.

—No, no me interesa —contestó Florencia, apartando la mirada. Estando tan cerca del divorcio, ni pensaba en aceptar nada de Salvador.

Pero él, como si no la hubiera escuchado, pagó el instrumento de todos modos y lo apartó para ella.

Después la llevó al centro comercial.

No importaba si eran bolsas de diseñador, ropa nueva o lo que fuera; tampoco importaba que Florencia le diera la espalda y se negara a todo. Salvador igual pagaba y ordenaba que mandaran los paquetes a Jardines de Esmeralda.

Eso de ir de compras, para Florencia, fue puro teatro. Ella estaba como marioneta, sin opinar ni decidir nada; todo el show era de Salvador.

No entendía para quién actuaba él.

Sentía que todo el día era un mal chiste.

El almuerzo también lo había reservado Salvador. Y fue hasta que, ya sentados en el restaurante, apareció Thiago, que Florencia comprendió qué clase de locura traía Salvador.

Salvador no había pedido un privado, sino que rentó todo el salón de la planta baja. Las mesas tenían velas y pétalos de rosa, y en el ambiente sonaba una suave melodía de piano, que le daba al lugar un aire de complicidad.

Florencia, sentada allí, solo podía sentir vergüenza ajena.

El pianista no era otro que Thiago.

Ella supo de inmediato que nada de eso era casualidad. Salvador lo había planeado todo y sabía perfectamente que Thiago estaría ahí.

Era una forma de marcar territorio.

Su actitud era tan obvia que Florencia ni siquiera recordaba que alguna vez él hubiera mostrado tanto interés por ella.

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