Después de colgar la llamada, las empleadas del hogar volvieron a darse cuenta de la importancia que Romina tenía para Nelson.
Aquel adicto al trabajo, Nelson, había dejado claro que ponía a Romina incluso antes que a su propio trabajo.
Todas se miraban entre sí, con los ojos llenos de asombro.
Romina abrió la puerta, pálida y con una inquietud que no podía ocultar.
—¿Y bien? ¿Nelson va a regresar?
Una de las empleadas le sonrió con calidez.
—Señorita Romina, ¿por qué pregunta? Usted sabe perfectamente el lugar que ocupa en el corazón del señor Nelson. No tarda en regresar para estar con usted.
Romina le devolvió una sonrisa dulce.
—Gracias, de verdad.
En cuanto cerró la puerta, aquella sonrisa se desvaneció como si nunca hubiera existido.
Se asomó enseguida por la ventana, ansiosa, con el corazón brincando en el pecho, esperando con toda el alma ver el carro de Nelson atravesar la entrada de la casa.
...
Mientras tanto, en la cafetería, Gisela observaba a Nelson prepararse para irse. En sus labios se dibujó una mueca sarcástica.
—Vaya, señor Nelson. ¿Tan ocupado anda que se le olvida que en casa lo espera una mujer tan guapa?
Desde que salieron del cementerio, Nelson había estado serio y reservado. Apenas se sentaron en la cafetería, la llamada de Romina interrumpió cualquier intento de plática.
Y sin más, Nelson se puso de pie, dispuesto a marcharse en silencio.
Mientras abotonaba su saco, frunció el ceño y habló con voz grave.
—Romina se siente mal. Tengo que ir a verla.
Gisela se levantó con rapidez, su mirada fija en la ventana, evitando encontrarse con los ojos de Nelson.
Delia ya aguardaba en la puerta de la cafetería, lista para irse incluso antes que Nelson.
—A menos que descubras quién me drogó ese día, mejor no vuelvas a buscarme. No quiero que la de tu casa se ponga celosa y luego descargue su coraje conmigo.
Gisela lo soltó con calma, sin alterar el ritmo de su voz.
Pero por dentro, las emociones se arremolinaban como un torbellino.
Ya había visto cómo varias empresas, a través de la aplicación, la rechazaban una tras otra.
Al bajar del camión, Delia se detuvo de repente.
—Oye, Gisela, ¿y si dejo la escuela? Ya no quiero seguir estudiando.
A Gisela se le escapó un pequeño sobresalto.
En su vida pasada, Delia había trabajado siempre en el club nocturno de Joaquín, sin que ocurrieran todas las cosas que estaban sucediendo ahora.
Con lo que ganaba, Delia mantenía tanto a ella misma como a su abuela. No dejó la escuela, pero tampoco se dedicó realmente a estudiar.
Al final, apenas ingresó a una escuela técnica, de esas que no exigen el examen de ingreso universitario.
Fue allí donde descubrió su talento para la computación, casi por accidente, y se apasionó por el tema.
Desde entonces, su camino en la tecnología no paró de crecer.
Pero si ahora, en esta vida, Delia decidía abandonar la escuela, ¿cómo iban a suceder todas esas cosas que la llevaron tan lejos?
Gisela no solo quería hacer alianza con Delia, sino que tampoco estaba dispuesta a ver cómo alguien con tanto potencial era tragada por la pobreza.

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