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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 139

Aunque la abuela ya estaba entrada en años, todavía tenía oídos para captar las pláticas de quienes la rodeaban.

La anciana de inmediato le tomó la mano a Gisela, sin soltarla, y con voz cansada le agradeció:

—Gracias, niña, eres una buena muchacha. La abuela te lo agradece de corazón.

Gisela le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.

—No se preocupe, abuela, no tiene nada que agradecer.

—¿Gisela? ¿Eres tú?

La voz de Romina no sorprendió a Gisela en absoluto.

Sabía perfectamente que Valentina no devolvería la cama del hospital por su propia voluntad; seguro había ido a buscar a Romina para que la respaldara.

Y Romina, sin duda, arrastraría a Nelson para que se pusiera de su lado.

Así que, cuando Gisela se giró, no fue sorpresa ver a Nelson y Romina juntos, parados a un lado.

El cuarto estaba repleto; la gente iba y venía, llenando casi por completo el pasillo.

Nelson, con el ceño fruncido, extendió el brazo para proteger a Romina, dándole espacio a su lado, como si quisiera resguardarla de cualquier incomodidad.

Gisela se incorporó poco a poco, y al mirar más allá de los hombros de la pareja, alcanzó a ver a Valentina tras Romina, secándose las lágrimas con disimulo.

En cuanto Valentina notó la mirada de Gisela, levantó el rostro y le lanzó una mirada dura, casi desafiante, con una pizca de satisfacción.

Gisela forzó una sonrisa.

—¿Y ustedes qué hacen aquí?

Romina apretó los labios, incómoda, y habló en voz baja:

—¿Podemos platicar afuera?

Gisela no se movió ni un centímetro.

—¿Por qué no pueden decirlo aquí mismo?

Quizá Romina también se había dado cuenta de que la gente en la habitación la miraba con desconfianza, incluso con cierto rechazo.

—Además, aunque el pasillo no es lo mismo que una habitación, al menos es un techo. Siempre será mejor que quedarse sin dinero y que el hospital los eche a la calle, ¿no crees que es lógico?

Con esas palabras, Romina no solo insinuaba que Gisela y Delia eran pobres, sino que Valentina ni siquiera se preocupaba por el costo de la hospitalización.

El rostro de Delia perdió color.

Era cierto, no podía pagar la estancia.

Gisela soltó una carcajada llena de ironía.

—¿Que no puedo pagar? Acabo de transferir cien mil pesos a la cuenta del hospital. Si quiero quedarme una semana o un mes, lo haré, ¿a ti qué te importa?

Delia levantó la cabeza, incrédula, mirando a Gisela.

Romina se quedó pálida de golpe, aferrándose a la camisa de Nelson.

Nelson frunció aún más el ceño y, con voz grave, lanzó la pregunta:

—¿Era necesario que fueras tan directa?

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