Gisela volvió a desbloquear el celular y se quedó mirando las dos notificaciones que Nelson le había enviado.
Deslizó la yema de su dedo por la pantalla, repasando el historial de mensajes entre ella y Nelson.
El primer día que agregó a Nelson en WhatsApp fue justo cuando llegó a la familia Tovar. En ese entonces, se sentía tan insegura y tímida frente a todo lo relacionado con ellos, que apenas se atrevía a acercarse a alguien. Fue Nelson quien tomó la iniciativa de pedirle su número y quien le habló primero.
—¿Eres Gisela? —preguntó él.
Ella, abrazando su mochila vieja y descolorida, asintió con la cabeza. Su voz apenas era un susurro—: Sí, b-buenas tardes…
Nelson le respondió con naturalidad:
—Mira, de ahora en adelante soy tu hermano, no tienes que ser tan formal conmigo.
Gisela levantó la vista con timidez, solo para bajarla de nuevo de inmediato.
Unos segundos después, murmuró:
—Hermano...
En ese ambiente desconocido, Nelson fue el primero —y el único— que le mostró verdadera calidez. Era inevitable que ella sintiera cariño por él.
Al principio, solo sentía gratitud hacia Nelson. Ni siquiera se atrevía a mandarle mensajes, apenas unos “buenos días” o “buenas noches” por WhatsApp. Luego se la pasaba todo el día aferrada al celular, esperando una respuesta de su parte.
A veces Nelson contestaba rápido, otras veces tardaba, pero siempre respondía cada uno de sus mensajes.
Cada vez que le llegaba una respuesta, Gisela se ponía tan feliz que no podía dejar de sonreír mientras apretaba el celular contra su pecho.
Tenía muchas ganas de escribirle, pero temía molestarlo, así que solía mandarle solo stickers o emojis simpáticos.
Con el tiempo, se fueron conociendo mejor.
Poco a poco, Gisela comenzó a mandarle más mensajes, tanteando con cuidado hasta dónde podía llegar sin incomodarlo.
Después, Nelson empezó a consentirla todavía más. Tal vez en ese periodo él sí la consideraba una hermana y la trataba con especial cariño y paciencia.
Incluso cuando Nelson estaba en el trabajo, ella le mandaba mensajes. Ya no le preocupaba interrumpirlo ni temía que él no le respondiera.
Era una sensación de seguridad, de cercanía, como si siempre hubiera un espacio para ella.
Así, pasaron dos o tres años, durante los cuales intercambiaron muchísimos mensajes.
Gisela le contaba a Nelson todo tipo de cosas, desde las anécdotas más tontas de la escuela hasta los detalles más insignificantes de la mansión Tovar. Si uno revisaba el chat, la mayoría de los mensajes eran de ella, en esos cuadros verdes que llenaban la pantalla.
Nelson no escribía mucho, pero siempre respondía algo, aunque fuera breve.
Un peso insoportable le recorrió todo el cuerpo, tanto que casi dejó caer el celular.
Ella siempre había creído que, aun si Nelson no correspondía sus sentimientos, al menos podrían seguir siendo hermanos para siempre.
Nunca se imaginó que el final sería tan doloroso, como si todas esas conversaciones que compartieron no hubieran existido, como si fueran solo un sueño del que despertó.
Gisela nunca agregó a Romina en WhatsApp.
Era la primera vez que quería husmear en las publicaciones de Romina.
Buscó su número en la lista de contactos, lo puso en el buscador de WhatsApp y enseguida apareció una cuenta claramente de mujer.
El nombre de la cuenta era breve, solo dos letras mayúsculas: NR.
En cuanto lo vio, Gisela adivinó al instante lo que significaban.
La N de Nelson y la R de Romina.
Siguió mirando en silencio.
La frase de perfil de Romina decía: [Somos el uno para el otro, únicos y excepcionales.]

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