—Qué ambiente tan animado, llegué justo a tiempo —comentó Gisela con una sonrisa mientras entraba.
Las caras de los maestros y los compañeros de clase mostraban toda clase de emociones: sorpresa, molestia, chisme. Aquello parecía una función de circo.
Gisela caminó hacia ellos y de pronto se topó con la mirada de un chico, quien tenía los ojos llenos de lágrimas y rabia. Se le escapó una exclamación de sorpresa.
—¿Y tú por qué lloras? ¿Te pasó algo tan malo? Cuéntame, igual y me alegro un poco —dijo con tono sarcástico.
El director de disciplina frunció el ceño de inmediato.
—Gisela, ¿qué acabas de decir?
Eliana saltó enseguida, lanzando su típico comentario venenoso.
—Gisela, ¿todavía tienes cara de venir aquí después de lo que hiciste?
—Si tú tienes el descaro de estar aquí, por supuesto que yo también —replicó Gisela sin molestarse en suavizar su tono.
Eliana la miró con desprecio y soltó una risita cargada de malicia.
—De veras que no tienes vergüenza, Gisela. A ver si ahora sí entiendes que no puedes andar por la vida engañando a todos. Te robaste el primer lugar haciendo trampa y todavía te pones feliz, ¿no?
—Déjame decirte que todos ya sabemos lo que hiciste. No vayas pensando que puedes escapar o lavarte las manos.
El director aclaró la garganta y su voz retumbó en la oficina.
—Gisela, como resultado de tu trampa, la escuela decidió anular tus calificaciones y ponerte una falta grave en tu expediente. ¿Tienes algo que decir?
Por dentro, Gisela no sabía si reír o gritar. “Se pasan, ni siquiera se esfuerzan en disimular”, pensó.
A punto de soltar una carcajada, Gisela preguntó:
—¿Tienen alguna prueba de que hice trampa? Porque hasta ahora, solo escucho acusaciones.
Eliana levantó la voz, casi gritando:
—¿Y hace falta? Tú nunca habías sacado tan buenas calificaciones, ¡esta vez seguro hiciste trampa!
Gisela sonrió de nuevo, burlona.
—Repito, traigan pruebas. Y, por cierto —añadió, mirándolos con ironía—, si saqué el primer lugar con mi propio esfuerzo, ¿por qué para ustedes eso equivale a trampa?
El director entrecerró los ojos, evaluando sus palabras.
—Tú y Delia estuvieron vendiendo brochetas el otro día, ¿no? Eso fue para juntar dinero y comprar las respuestas del examen, ¿a poco no? ¿O por qué más te pones a vender en la calle de repente? Solo ustedes saben qué estaban tramando.
Un maestro del fondo también intervino.
—Gisela, sé que te preocupa tu rendimiento, pero esas cosas no se hacen. Hay muchos alumnos que se esfuerzan y, por una trampa tuya, todo su trabajo se va a la basura. A nosotros, como maestros, tampoco nos parece justo. ¿Lo entiendes?
Gisela comprendía que, en ese momento, cualquier cosa que dijera sería inútil. Nadie estaba dispuesto a escuchar razones, todos ya habían decidido que era culpable.
Sin decir nada, se acercó al escritorio del director y tomó una hoja de examen.
Era el examen mensual de matemáticas, famoso entre las escuelas del país por ser prácticamente imposible. La última pregunta era tan complicada que ni los maestros podían resolverla.
Eliana la observó y se rio con malicia.
—¿Así que ahora quieres resolver ese examen para demostrar que eres inocente?
Y soltó otra risa.
—Mejor escoge otro, porque esa hoja no la vas a poder llenar. Solo vas a quedar peor.

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