El resultado final fue que el nombre de Gisela apareció en el tablón de anuncios de todo el grado, acompañado de unas palabras grandes y llamativas: Primer lugar.
En ese momento, tanto sus compañeros de clase como los maestros se llenaron de orgullo y todos andaban con la cabeza en alto.
Hasta aquellos que solían acercarse a Gisela solo para burlarse de su “exilio” y augurarle una caída sin remedio, ahora ni siquiera se atrevían a aparecer. Preferían esconderse en el salón, evitando cualquier encuentro.
Cuando uno de los maestros de materias específicas la llamó para platicar, Gisela no pensó mucho en ello. Ya intuía el tono serio y paternal del maestro cuando le dijo:
—El señor Nelson se ha estado preocupando mucho por ti, por eso asignó a los maestros del grupo avanzado para que también les den clase a ustedes. Antes, esos maestros solo atendían al grupo avanzado, pero ahora tienen que compartir su tiempo con ambos.
—Con las notas tan buenas que sacaste, seguro el señor Nelson está muy orgulloso. Cuando regreses a casa, deberías platicar con él. Pídele que te devuelva a tu grupo anterior, así ya no tendrás que seguir aquí con este grupo tan revoltoso ni permitir que retrasen tu avance.
Gisela bajó la mirada, fingiendo estar conforme y dócil, asintiendo con la cabeza.
¿Nelson preocupado por ella?
Para nada.
Jamás.
No inventen.
En su vida pasada, Nelson habría dado lo que fuera por mandarla bien lejos, a África si era posible, con tal de que no volviera jamás.
Y en esta vida, una y otra vez cometía locuras por culpa de Romina, ¿cómo iba a preocuparse por ella?
Ya no quería seguir hablando del tema. Asintió sin ganas y respondió:
—Ya entendí, maestro. ¿Algo más? Si no, me regreso de una vez.
Apenas el maestro asintió, Gisela se giró para irse.
En ese instante, una sombra oscura se interpuso frente a ella, tan imponente que el corazón le dio un vuelco y retrocedió unos pasos.
La persona que apareció llevaba un traje negro impecable, perfectamente ajustado. Su porte era elegante, imponente, pero también distante. Los labios apretados en una línea recta, la comisura apenas caída, transmitían una seriedad que mantenía a cualquiera a raya.
Los ojos, negros como la noche, mostraban un desinterés absoluto, apenas levantando los párpados para mirar a Gisela como si no le importara nada.
Gisela sintió que se le detenía la respiración.
Era Nelson.
Su primer instinto fue rodearlo y seguir de largo, pero Nelson de repente levantó la mano, sujetó su muñeca por un segundo y la soltó enseguida.
Escuchó su voz grave y firme a pocos centímetros:
—Quédate.
El tono era tan desinteresado como autoritario, imposible de rechazar.
A Gisela le dio un vuelco el estómago.
Todos los maestros en la oficina se pusieron de pie al instante, y en sus rostros apareció una sonrisa servil:
—Señor Nelson, qué gusto tenerlo por aquí.
...
Al terminar las clases del mediodía, Gisela se fue al comedor acompañada de Delia y algunas amigas.
Supuso que Nelson ya se habría marchado hacía rato, pero al pasar cerca de los árboles, lo vio sentado en una banca de piedra, bajo la sombra, con unas gafas de marco dorado. Estaba concentrado en una tablet, la luz azul reflejándose en sus lentes, dándole un aire aún más distante.
A su lado, parado como estatua, estaba su asistente, también vestido de traje negro, con una expresión seria y reservada.
Esa imagen desentonaba totalmente con el ambiente juvenil y bullicioso de la escuela. Todos los estudiantes se dieron cuenta de inmediato.
Gisela y sus amigas también lo notaron.
Varias miraron a Gisela con curiosidad. Ella apretó los labios y dijo:
—No les hagan caso, vámonos.
Aceleró el paso, esperando salir del campo de visión de Nelson antes de que él la notara.
Pero la suerte no estuvo de su lado.
—Gisela, ven acá.
Gisela dio un brinco, sintiendo todas las miradas curiosas caer sobre ella como agujas. El ambiente se volvió incómodo al instante.
Sin voltear, siguió caminando aún más rápido, decidida a no detenerse.

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