El asistente especial apareció frente a ella sin que se diera cuenta, extendiendo la mano hacia Nelson.
—Señorita Gisela, por favor.
Gisela lo miró sin expresión alguna.
—Quiero comer.
El asistente sonrió sin perder la compostura.
—El señor Nelson ya reservó en un restaurante cercano. En cuanto usted llegue, la cocina empezará a servir los platillos.
...
Dentro del reservado, Gisela acomodó los cubiertos con calma, se sirvió un vaso de agua tibia y bebió un sorbo. Al levantar la vista, vio a Nelson extendiéndole la mano, con una firmeza inquebrantable.
—Dame tu celular.
Gisela frunció el ceño, a la defensiva.
—¿Y ahora qué quieres?
Los ojos de Nelson, tan tranquilos como el agua en un lago antes de la tormenta, no la soltaban.
—Sácame de tu lista de bloqueados.
Gisela dejó el vaso sobre la mesa y tosió un par de veces.
—No tiene caso. No necesitamos hablar tú y yo.
La respuesta no le gustó nada a Nelson. Su entrecejo se fue marcando poco a poco.
—Gisela.
Ella tomó el tenedor, pinchó un pedazo de pollo y empezó a masticar con lentitud, como si quisiera hacer tiempo. Su mirada se perdió hacia la calle bulliciosa fuera del restaurante. La gente iba y venía, y el ambiente estaba lleno de vida.
En un edificio a lo lejos, una pantalla gigante mostraba un anuncio. Era el Sinfonía del Mar, el concurso que se celebraba cada cuatro años en la ciudad. Reunía a los mejores pianistas de todo el país, además de invitar a reconocidos maestros internacionales como jurado.
Ese concurso tenía un prestigio enorme. Los jueces eran estrictos y justos, no daban espacio a favores ni trampas. No había atajos, ni arreglos bajo la mesa. Desde su inicio, llevaba trece ediciones sin una sola mancha de corrupción, y quienes ganaban el primer lugar casi siempre alcanzaban fama internacional.
Casi todos los pianistas reconocidos habían pasado por el Sinfonía del Mar y habían logrado premios importantes ahí.
Paloma, la maestra de Gisela, siempre soñó con participar en ese concurso. Pero como solo se celebraba cada cuatro años, Paloma esperó tres años y, justo un año antes de la siguiente edición, decidió quitarse la vida.
Gisela quería cumplir el último deseo de Paloma.
Además, no quería que Romina siguiera usando el nombre de Paloma para hacerse fama.
Gisela pensaba recuperar todo lo que Romina le había arrebatado a Paloma, incluso su reputación.
Y la mejor manera de hacerlo era, precisamente, el Sinfonía del Mar.
El problema era que Gisela había regresado en el tiempo justo cuando ya se había cerrado el periodo de inscripciones.
Ahora, el comité organizador ya no aceptaba más participantes.
Nelson entrecerró los ojos, su voz baja y firme.
—Romina también va a participar.
Al escuchar eso, Gisela se quedó un poco descolocada.
Solo después comprendió el verdadero sentido de las palabras de Nelson.
Soltó una carcajada amarga.
—¿De verdad crees que yo estoy copiando a Romina? ¿Que si ella participa, yo tengo que seguirla como su sombra?
Nelson no confirmó ni negó nada.
El aire se llenó de una tensión espesa y complicada. La seguridad en los ojos de Nelson hizo que Gisela sintiera una punzada de fastidio en el pecho y la cabeza. De pronto, toda la comida deliciosa frente a ella perdió el sabor.
Dejó el tenedor a un lado y se levantó de golpe.
—Bueno, entonces no te molesto más. Adiós.
Se colgó la mochila y caminó hacia la puerta sin mirar atrás.
A sus espaldas, la voz de Nelson la alcanzó.
—Sigo bloqueado.
Gisela le contestó sin voltear.
—Pues ahí quédate.

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