Gisela lo miró con una expresión distante, casi impasible.
—No sabía que el señor Saúl tenía ese tipo de intereses. Yo paso, no quiero arriesgarme a enfermar aquí.
No se molestó en suavizar sus palabras; cada sílaba era tan cortante como un filo. Saúl frunció el ceño por un instante, pero se obligó a mantener el porte elegante que tanto presumía.
Gisela se giró, dispuesta a empujar la puerta de la piscina para marcharse.
La voz relajada de Saúl la alcanzó desde atrás.
—No sirve de nada, esa puerta no se abre sin mi permiso. Así que, Gisela, será mejor que esta noche te quedes tranquila aquí.
Gisela apretó la mandíbula, conteniendo la rabia. Se dio la vuelta justo a tiempo para ver cómo Saúl se quitaba el saco con total descaro y, sin dudarlo, también se despojaba de la camisa blanca, revelando su torso frente a ella.
Gisela arrugó la frente y apartó la mirada.
—¿Qué pasa? —bromeó Saúl—. ¿Mi físico no te convence? ¿Por qué no me miras?
—Si dejaras de andar como pavo real queriendo llamar la atención, quizá te echaría un vistazo —contestó ella, sin perder el tono cortante.
Saúl soltó una risa baja, pero no insistió. Por el rabillo del ojo, Gisela notó que él ya se había alejado, luciendo el torso desnudo mientras se unía a un grupo de personas al otro lado de la piscina.
—Gisela, si quieres divertirte, ven para acá. Te espero —le gritó, sin preocuparse por quién más escuchara.
Se veía que Saúl conocía bien a ese grupo. En cuestión de minutos ya estaba compartiendo tragos y risas, moviéndose con soltura. Varias mujeres, vestidas con trajes de baño diminutos y sugerentes, se acercaron a él, rodeándolo con sonrisas coquetas y miradas llenas de intención. Sus dedos delgados y pálidos recorrían el pecho y la espalda de Saúl, jugueteando y buscando provocar alguna reacción.
Saúl, sin embargo, las ignoró. Tomó la mano de una de ellas y, con una sonrisa atrevida y sin perder la amabilidad, le habló:
—Ya estuvo, guapa. ¿Ya te diste gusto?
La mujer, haciéndose la ofendida, le lanzó una mirada, pícara:
—¿A poco ya se acabó?
Saúl sólo se encogió de hombros y apartó su mano con suavidad, dejando claro que no iba a seguirle el juego.
La mujer, molesta, pisoteó el suelo y se fue mordiendo el labio, mientras el resto de las chicas lo miraban con fingido reproche.
—¡Qué desperdicio contigo, Saúl! —le recriminó una de ellas con tono burlón.
Saúl sólo sonrió, sin molestarse en responder.
Gisela observó la escena apenas unos segundos antes de apartar la mirada. Era innegable que el cuerpo de Saúl era atractivo; si fuera otro, tal vez hasta le habría interesado. Pero, por desgracia, él era Saúl.
Se concentró en la puerta, examinándola con seriedad. No se percató de que, a lo lejos, Saúl la observaba de nuevo, con una mirada helada, como la de una serpiente lista para atacar.
Gisela sujetó con fuerza la manija y giró, intentándolo varias veces, pero nada. Tal como Saúl había advertido, la puerta no cedía.
Probó un par de veces más antes de rendirse. Sin otra cosa que hacer, se dedicó a mirar a la multitud que se divertía junto a la piscina. Su fastidio crecía por momentos.
Mientras tanto, Saúl se divertía a lo grande, como si ya se hubiera olvidado por completo de que había arrastrado a Gisela allí. Sus carcajadas se mezclaban con la música y las voces, y eso sólo lograba que Gisela se sintiera aún más incómoda.
Al final, no pudo contenerse y se dirigió directamente hacia él.


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