La voz de Gisela sonaba tranquila, cada palabra fluyendo con calma.
—Primera opción: te llevo directo a la estación de policía. No pienso borrar la publicación que hiciste en internet, pero también voy a subir el video completo de mi presentación en la competencia. Así que dejemos que la gente en redes decida quién tiene la razón.
Gisela notó perfectamente cómo en la mirada de Elías se cruzaban mil emociones. Él apretó los dientes, respirando agitado.
—¿Y la segunda opción? —preguntó con voz tensa.
—La segunda opción —explicó Gisela—, es que me digas quién te ayudó a entrar y publiques una disculpa en internet. Si haces eso, acepto arreglarlo en privado. No tendrás que ver a la policía y te aseguro que el video de tu escándalo no saldrá a la luz.
Elías dudó al escuchar lo de la “disculpa pública”, sus ojos se nublaron, claramente no le agradaba esa alternativa.
Gisela mantuvo su sonrisa, aunque esta vez estaba cargada de ironía.
—Antes de hacer todo esto, ¿te pusiste a pensar por qué esa persona te ayudó? ¿Por qué te metió en este lío?
Notó que Elías estaba a punto de decir algo, así que lo interrumpió con una risa ligera y una mirada cargada de burla.
—No me digas que de verdad crees que lo hizo por defenderte o porque le pareció injusto lo que me pasó. No puedes ser tan ingenuo, ¿o sí?
Elías levantó la cara y le lanzó una mirada desafiante.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Ella quiere usarme para sus propios fines —susurró Gisela—. Tú solo eres el instrumento. Ella se queda atrás, disfrutando de los beneficios, mientras tú eres el que carga con todas las consecuencias. Si pasa algo grave, ella ni se despeina.
Volvió a mirarlo de frente, su tono era tan suave como firme.
—Así que aunque te niegues a cooperar, si yo subo el video, la gente va a ver la verdad y se pondrán de mi lado. Yo no salgo perdiendo, la que te está dando una oportunidad soy yo... no al revés.



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