La sonrisa de Romina se veía un poco forzada.
—¿Qué están haciendo ustedes aquí?
Gisela se frotó la muñeca adolorida y al levantar la vista, se topó con una mirada intensa: los ojos negros y alargados que la observaban con atención.
De reojo, alcanzó a notar que Nelson tenía en la mano un diploma de honor que pertenecía a Romina.
Sin perder la calma, Gisela apartó la mirada y se dirigió a Romina. Cuando estaba a punto de decir algo, Saúl se giró bruscamente hacia ella y, con voz dura, soltó:
—¿Qué esperas? ¡Lárgate de aquí!
Gisela soltó una ligera risa.
—¿Quieres que me vaya? Me parece que a alguien más le gustaría que me quede.
—¿De qué estás hablando? —replicó Saúl con el ceño fruncido.
Gisela no le contestó. Caminó con paso firme, esquivando a Saúl, y mirando directamente a Romina dijo:
—Necesito platicar contigo en privado.
Apenas terminó de hablar, Saúl se adelantó como gallina defendiendo a sus pollitos, parándose justo frente a Romina para impedirle el paso.
—Gisela, ¿qué tramas? ¿Qué es lo que quieres?
Incluso Nelson, que hasta entonces se había mantenido al margen, frunció ligeramente el entrecejo y la miró con una expresión seria y distante.
Gisela se quedó frente a los tres. Esa escena la hacía ver como si ella fuera la villana de la historia.
Romina, por su parte, se acercó un poco más a Nelson. Levantó su mano delgada y blanca y, con timidez, se aferró a la camisa de él, escondiéndose a medias detrás de su espalda. Sus ojos reflejaban una mezcla de incomodidad y recelo, fijos en Gisela.
Gisela ignoró por completo a los dos hombres y, enfocándose en Romina, preguntó:
—Sobre lo de Elías, ¿no tienes nada que decirme?
Al escuchar ese nombre, el rostro de Romina cambió apenas. Una emoción extraña cruzó sus ojos, pero enseguida apretó los labios y guardó silencio.
Gisela captó de inmediato el brillo fugaz en la mirada de Romina. Por dentro, no pudo evitar burlarse de la situación.
Saúl dejó escapar una risa sarcástica y su voz sonó dura.
—Gisela, si andas metida en problemas es por tus propias malas decisiones. Todo lo que te pasa es tu culpa, no tiene nada que ver con Romina. Así que ve a buscar a quien tengas que buscar, pero deja a Romina en paz.
Nelson fue más tajante aún. Actuó como si Gisela ni siquiera existiera.
Sin decir más, pasó un brazo por los hombros de Romina y habló con voz grave pero tranquila:



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