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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 330

Gisela observaba cómo Nelson caminaba hacia la puerta de la habitación del hospital. Apenas él la empujó, ella pudo ver, a través de la rendija, la silueta de Romina y el vuelo de su vestido.

Se quedó mirando ese pedazo de tela, con la mirada perdida.

Al instante, reconoció la marca de la prenda que Romina llevaba puesta. No era cualquier marca: una simple camiseta de ese lugar podía costar más de diez mil pesos, una locura.

No es que Gisela fuera una experta en moda ni que estuviera pendiente de todas las tendencias. Lo que sucedía era que, durante el tiempo que vivió en casa de la familia Tovar, se había encariñado con esa marca desde el primer momento en que la vio. Nelson, al notarlo, le había pedido a sus asistentes que le llevaran ropa de esa marca cada tanto.

Aunque ya habían pasado varios meses desde que se mudó de la casa de los Tovar, todavía recordaba cómo, al empacar sus cosas, la mayoría de su ropa provenía de ahí, obsequios de Nelson. Casi todo tenía esa etiqueta.

Si sumaba el precio de toda la ropa de su armario en ese momento, seguro alcanzaba para comprar un departamento de lujo en la zona más exclusiva de la ciudad.

La primera vez que conoció a Nelson, él no ocultaba sus emociones como ahora; todo se le notaba en la cara.

Lo primero que pensó de Nelson fue que parecía estar de mal humor todo el tiempo. Entre toda la familia Tovar, él era, sin duda, el que menos quería que ella formara parte de la familia.

Gisela evitaba mirar a Nelson de frente; solo bajaba la cabeza y seguía a Arturo, quien la fue presentando con cada miembro de la familia.

Acababa de llegar a la casa de los Tovar y los nervios la traicionaban. Sentía las manos sudorosas, incapaz de sostener nada sin que se le resbalara. El corazón le latía tan fuerte que temía que los demás pudieran escuchar ese tamborileo.

En ese entonces, al presentarse, todos —excepto Nelson, con su gesto serio, y Eliana, quien no le mostró ni una pizca de simpatía— la recibieron con amabilidad y sonrisas sinceras, aceptando su saludo y entregándole pequeños regalos de bienvenida.

Ella, encantada, aceptaba cada presente, haciendo reverencias y agradeciendo con una alegría desbordante.

Arturo le indicó que debía llamar “hermana” a Eliana, pues era apenas unos meses mayor que ella. Gisela obedeció, pero solo obtuvo como respuesta un bufido despectivo.

Su recién adquirida confianza se vino abajo de inmediato, y la sonrisa se le cayó del rostro.

Arturo frunció el ceño y le pidió a Eliana que saludara de nuevo.

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