Además, hay cosas que Nelson debía vivir por sí mismo para entender qué era lo que realmente le servía, para aprender qué tipo de mujer podía ayudarlo a construir su futuro.
Arturo también había sido joven alguna vez, sabía lo que era la impulsividad de la juventud.
Por eso, tenía que dejar que Nelson se estrellara solo contra la pared.
Gisela, al final, no era más que una mujer común y corriente, incapaz de causar un escándalo.
Arturo pronunció en voz baja el nombre de un lugar, y luego añadió:
—Ve a buscarla, si te demoras ya no habrá tiempo.
Apenas recibió la ubicación, Nelson giró sobre sus talones y salió apresurado.
Los ojos cansados y turbios de Arturo no se apartaron de la figura de Nelson mientras se alejaba.
Asintió levemente.
Nada mal.
Nelson sí estaba preocupado por la partida y el paradero de Gisela, pero no había perdido la cabeza.
Aunque el enojo lo tenía encendido, muy diferente a su actitud habitual, todavía conservaba cierta calma.
Eso le indicaba que Gisela no era tan importante para Nelson como algunos pensaban.
Recordó aquel episodio cuando Romina publicó en internet que tenía tendencias depresivas. En ese momento, la cara de Nelson cambió por completo, su expresión se volvió sombría, como si una tormenta amenazara con arrasar la ciudad.
En ese entonces, Nelson y él estaban en la mansión Tovar, compartiendo la mesa con viejos amigos de la familia. Nelson, sin importarle la presencia de otros, tomó su saco y salió disparado, diciendo que debía encontrar a Romina.
Aquella vez, Nelson no fue precisamente educado ni tranquilo, pero Romina era su prometida, la madre del hijo de la familia Tovar. Lo que Nelson hizo tampoco era tan grave.
En comparación, Nelson valoraba mucho más a Romina, porque ella sí representaba un futuro para él. Su relación, después de todo, tenía sentido.
...
El mayordomo se acercó a paso lento, encorvado, y murmuró:
—Señor, ¿de verdad no hay problema en dejar que el señor Nelson vaya a buscar a la señorita Gisela? ¿Y si de verdad la trae de vuelta, qué haremos?
Un destello de dureza cruzó los ojos de Arturo.
Reflexionó unos segundos y luego soltó una risa cargada de ironía:

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