La mano de Gisela se estrelló contra la pared, soltando un quejido ahogado por el dolor.
Arrugó la frente, frustrada y sin aliento.
—Si no te ayudo, ¿cómo te llevo al hospital? ¿De verdad puedes caminar solo?
El hombre guardó silencio. Separó la frente de su hombro, retrocedió tambaleándose un paso.
—No necesito que te metas.
Con la cabeza baja, se llevó una mano a las sienes y, con la voz rasposa, añadió:
—Pide un carro, hazlo ya.
Gisela por fin logró zafarse de su agarre, masajeando el hueso del codo con cara de fastidio.
Aprovechando la penumbra, le lanzó una mirada fulminante.
Qué tipo tan maleducado.
Pasaron unos segundos y, como no obtuvo respuesta, el hombre volvió a insistir:
—Muévete, apúrate.
Gisela lo miró con desdén, sacó su celular del bolsillo y comenzó a pedir un carro, mientras pensaba para sí:
¿Te duele aguantarte, verdad? A ver si te da algo de tanto aguantar.
¿Así es como pides ayuda? ¿Arrastrando a la gente?
¡Qué falta de modales!
En la Ciudad de los Vientos, pedir un carro salía caro. Gisela podía pagarlo, pero no estaba dispuesta a gastar tanto en un tipo tan grosero, así que replicó de mala gana:
—No se te olvide darme para el carro.
El hombre todavía tenía ganas de pelear, dejó escapar una risa entre dientes y soltó:
—Manita, qué agarrada eres.
Gisela, sin inmutarse, contestó:
—Y no te hagas, también la cuenta del hospital la pagas tú. No te me vayas a hacer el despistado.
El hombre resopló con fuerza, bajando la voz:
—Ya, deja de hablar.
Gisela lo ignoró, pasó caminando junto a él y le lanzó por encima del hombro:
—Vamos, camina derecho. Si te caes, ni creas que te voy a levantar.
El hombre murmuró, casi burlón:
—No hace falta, preocúpate por otra cosa.
Gisela se adelantó hasta quedar bajo la luz parpadeante de un farol, y el hombre la siguió, pisándole los talones.
El carro llegó. Gisela abrió la puerta trasera, pero el hombre habló de nuevo, con muy pocas ganas de agradar:
—Tú siéntate adelante.
Gisela puso los ojos en blanco, conteniéndose para no decir nada, y se fue para ocupar el asiento del copiloto.
Mejor así, tampoco era de su agrado compartir espacio con un hombre bajo los efectos de alguna sustancia.
Al llegar al hospital, Gisela bajó por su cuenta, esperando en la entrada mientras el hombre descendía.
La gente iba y venía por el hospital. Gisela esperó un buen rato y nada que el hombre salía. Se empezó a impacientar.
Cuando ya iba a regresar a ver qué pasaba, el conductor bajó la ventanilla con cara de preocupación y le dijo:
—Oye, tu amigo como que está muy mal, no puede ni moverse. ¿Podrías ayudar a sacarlo?
A Gisela se le dibujó una mueca burlona. Se acercó y abrió la puerta del lado donde estaba el hombre.
Al abrir, lo vio sentado, recostado hacia atrás, con la cabeza apoyada en el respaldo y el brazo cubriéndose los ojos. Sus labios rojos estaban entreabiertos, con una respiración apenas audible, pero densa, retenida, como si estuviera a punto de perder la razón de tanto esfuerzo.
La mirada de Gisela recorrió, casi por accidente, la orilla de la sudadera del hombre. Al notar cierta curva, levantó las cejas con una chispa de ironía en los ojos.
—¿Qué pasó? ¿No que muy independiente? ¿No querías que te ayudara? ¿Y ahora ya ni moverte puedes? ¿No eras tan valiente?
El hombre apartó el brazo de la frente y la miró fijamente.
Tenía los ojos cubiertos de venas rojas, ambos completamente encendidos, como los de una fiera, y seguía mirándola, terco, sin querer ceder ni un solo paso.

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