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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 419

Quizá era porque apenas unos minutos antes la había rechazado, así que ahora no quería perder el orgullo aceptando su ayuda.

El hombre respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba pesadamente. Gisela, con los brazos cruzados, lo observaba de lejos, sin mostrar la menor intención de intervenir, casi como si disfrutara el espectáculo.

El conductor del carro volteó hacia ellos con una expresión apurada.

—Señorita, ¿podría ayudarme a sacarlo? Tengo otro viaje y ya voy tarde.

Gisela, la verdad, no tenía ganas de ayudar a ese tipo. Hacía un momento él había rechazado su ayuda, y hasta la había empujado contra la pared. Su codo todavía palpitaba de dolor; aunque no lo había revisado, estaba segura de que ya tenía un gran moretón.

Pero no había alternativa, el conductor necesitaba continuar su ruta.

Con toda la dignidad que pudo reunir, Gisela se acercó, tomó al hombre de los brazos y aplicó un poco de fuerza.

—Anda, levántate, señor delicado.

En cuanto sus manos tocaron el brazo de aquel hombre, su respiración se volvió más pesada y profunda. Sus ojos se clavaron en ella, y por un instante, Gisela sintió que estaba a punto de lanzarse sobre ella, como si quisiera morderle el cuello en cualquier momento.

La sensación de calor que emanaba del brazo del hombre era insólita, y Gisela tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no soltarlo y dejarlo ahí tirado.

Con voz cortante, le espetó:

—No empieces con tus locuras aquí, apúrate y ve a ver a un médico.

Aumentó la fuerza, casi jalando al hombre hasta torcerle la mitad del cuerpo.

El hombre cerró los ojos, apretó los labios, aguantó un poco y, apoyándose en sus brazos, al final logró salir del carro con la ayuda de Gisela.

En cuanto se puso de pie, todo el peso de aquel tipo recayó sobre ella. Gisela apretó la mandíbula; parecía que estaba cargando una bolsa de agua caliente, el calor que desprendía era impresionante.

—¿Cuánto pesas? —masculló entre dientes, haciendo un esfuerzo tremendo para que ninguno de los dos se fuera al suelo.

—Párate bien, no puedo sostenerte más.

Apenas terminó de decirlo, sintió la cabeza del hombre acercarse, y de pronto él apoyó su frente ardiente contra el cuello de Gisela, respirando tan cerca que el calor de su aliento le quemaba la piel. Sus labios, temblorosos, apenas lograban contener unos gemidos ahogados, como si estuviera a punto de perder el control. Incluso sus brazos se aferraban con fuerza a la cintura de Gisela, y él se pegó aún más a ella.

Gisela apartó su mano con brusquedad.

—Ya, compórtate. ¿No ves dónde estás?

Gisela sintió cómo la cara se le iba poniendo roja y luego pálida.

De repente, él alzó la mano y la posó, caliente, sobre la mejilla de Gisela, acariciando suavemente su piel mientras murmuraba:

—Eres tan linda...

Ambas manos de Gisela estaban ocupadas sosteniéndolo, así que no pudo detenerlo a tiempo. Cuando logró soltar una mano para apartar la suya, él ya le había acariciado las cejas, los ojos y la nariz.

Gisela se quedó sin palabras.

En su mente, juró que si no fuera porque ese tipo estaba bajo el efecto del medicamento y no sabía lo que hacía, ya le habría dado una patada donde más le doliera.

Sin ningún miramiento, lo arrastró a empujones hasta el hospital. No perdió tiempo: lo registró con el médico de guardia y lo llevó directo al consultorio para que un doctor se hiciera cargo.

Cuando terminó de acomodar todo, Gisela se dejó caer en una banca del hospital, tratando de recuperar el aliento.

Bajó la mirada y vio la credencial que tenía en la mano.

La había encontrado en el bolsillo del hombre mientras lo ayudaba.

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