Gisela cerró los ojos, agotada, y dijo:
—Mamá, una amiga se enfermó y la traje al hospital para que la revisaran. Al rato regreso, no te preocupes. Estuve ocupada y por eso no vi el celular.
Al escucharla, Aitana soltó un suspiro de alivio.
—¿Está muy grave tu amiga? ¿Quieres que mañana pase a verla?
—No hace falta, mamá, de verdad. No es nada serio, seguro mañana ya le dan de alta.
—Bueno, entonces regresa temprano.
—Sí, tú también descansa, mamá.
Gisela colgó la llamada, se frotó la nuca y giró el cuello, sintiendo la tensión acumulada.
Sin darse cuenta, volteó y se topó de frente con una mirada llena de enojo.
El corazón de Gisela dio un brinco.
—¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó por puro reflejo.
Xavier la fulminaba con la mirada. Sus cejas fruncidas y los labios apretados dejaban claro lo molesto que estaba, y hasta le temblaba la boca del coraje. Con ese gesto y el color pálido de su cara, parecía un chico decente al que acababan de hacerle una gran injusticia.
—No puede ser —resopló Gisela, resignada—. Te traje al hospital y todavía te pones así, ¿qué más quieres?
Xavier seguía mirándola fijamente, y poco a poco sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.
Gisela lo observó mejor y se dio cuenta de que incluso las orejas se le habían puesto coloradas.
Arrugó la frente, preocupada.
—¿No será que te está volviendo a hacer efecto la medicina? ¿Te sientes mal? ¿Quieres que llame al doctor?
Xavier guardó silencio, sin dejar de mirarla con esa expresión.
Gisela negó con la cabeza y se levantó.
—Esto ya se pasó de raro. ¿Será que este medicamento te dejó mal? —gruñó.
Se acercó al botón para llamar a la enfermera, pero en ese momento Xavier le sujetó la muñeca.
—¿Qué haces…? —iba a decir, pero Xavier, apenas la tuvo agarrada, la soltó de inmediato como si hubiera tocado algo sucio.
Gisela se quedó pasmada mirando el enojo en los ojos de Xavier.
—¿Ahora qué te pasa? —reviró, frunciendo el ceño—. ¿Otra vez con tus cosas raras?

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