Justo en ese momento, la mesera del café llegó con tres tazas de café. Gisela alargó la mano para recibirlas y, al inclinar la cabeza, se perdió por completo el movimiento que ocurría afuera.
Del otro lado de la calle, Xavier, que hasta hacía unos segundos tenía un gesto adusto, se quedó incómodo al ver a Gisela a través de los ventanales.
Cuando Gisela apartó la mirada, Xavier también desvió la suya.
Fue justo en ese instante que, al mirar hacia otro lado, Xavier notó a dos hombres a unos cien metros de distancia, buscándolo entre la multitud.
El gesto de Xavier se endureció aún más, como si una nube pesada se le posara sobre los hombros.
Se giró, mezclándose con la gente que caminaba apurada por la banqueta. Aprovechó el bullicio para ocultarse, con la mirada buscando algún lugar donde pudiera perder de vista a sus perseguidores, preferiblemente uno donde esos dos no pudieran hallarlo ni por error.
Llevaba varios días sintiendo la sombra de esos dos sujetos pisándole los talones. Ya no soportaba seguir huyendo.
Precisamente por eso, había decidido rentar aquel cuartucho en una zona olvidada por todos, un rincón que nadie visitaba. No quería que lo encontraran tan fácilmente.
Pero, para evitar que descubrieran su escondite, casi no se atrevía a regresar. Pasaba el día entero afuera, deambulando, cambiando de hotel cada noche. Esa mañana, al salir, había notado a los mismos dos hombres rondando la entrada del hotel. Sin pensarlo demasiado, salió por la puerta trasera.
Esta vez, los hombres que el viejo había mandado no eran los inútiles de antes. Sabían perseguir. No importaba por dónde se moviera Xavier, al voltear la cabeza siempre los encontraba pegados a sus talones.
La verdad, ya no sabía si estaba más cansado o más furioso. Incluso pensó en ir a encararlos y arreglarlo a puñetazos. Tanto era su fastidio que ni siquiera tuvo paciencia con la gente inocente en la calle.
Unas chicas se le acercaron para pedirle su WhatsApp, pero su cara de pocos amigos las espantó de inmediato.
Se mantuvo escondido en un rincón donde los dos hombres no podían verlo. Se pasó la mano por el cabello, peinándoselo hacia atrás, con un gesto irritable.
Desde donde estaba, bastaba levantar la mirada para ver a Gisela sentada en la cafetería.
El lugar tenía una pared de cristal que daba a la calle, lo que permitía a Xavier mirar a Gisela de pies a cabeza sin que nada ni nadie se interpusiera entre ellos, salvo el ir y venir de los transeúntes.
La contempló en silencio, con el ceño fruncido, sin notar el aire tenso y nervioso que se le escapaba en la mirada.
Desde aquella vez en la escalera, cuando se separaron, no se habían vuelto a ver.
El mal humor de Xavier empeoró todavía más.
Apenas se percató de que en la mesa de Gisela había tres tazas de café.
Aguzó la mirada, enfocado en Gisela y el chico que estaba a su lado.
Vio cómo Gisela, sonriendo, le dio una palmada amistosa en el hombro al muchacho. El chico soltó una carcajada y los dos intercambiaron algunas palabras.
Xavier ya parecía estar más de malas que el basurero junto al que se escondía.
Esa Gisela…
No alcanzó a pensar nada más. De pronto, al otro lado de la calle, los dos hombres que lo perseguían lo divisaron entre la multitud.
La expresión de Xavier se tornó aún más seria. Sin perder tiempo, se agachó detrás del basurero, usándolo para cubrirse por completo.

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