—¿Un niño pequeño?
Gisela sintió un vuelco en el corazón. Se giró y cruzó una mirada rápida con Xavier.
Echó un vistazo a la multitud bulliciosa, y con cautela volvió a preguntar:
—¿El niño, sabes de qué color es la ropa que lleva puesta?
El guardia, ocupado atendiendo a la niña, contestó por compromiso:
—No me fijé bien.
Gisela se quedó callada un momento y luego le quitó una hoja del cabello a la niña.
El ruido era un mar revuelto de voces y gritos mezclados. Gisela no lograba ver ni escuchar con claridad.
La pequeña la miró por encima del hombro, haciendo pucheros.
—Todavía no vi al oso panda, ¡qué fastidio! ¿Tú ya lo viste?
Gisela negó con la cabeza.
La niña suspiró desanimada.
—Bueno, supongo que mejor espero otro rato.
Agarrando la manga de Gisela, la niña la sacudió suavemente.
—¿Te quedas a esperar conmigo, sí?
Gisela apretó los labios, a punto de asentir, cuando de repente la multitud explotó en gritos.
—¡No empujen, no empujen, se va a caer el niño!
—¡Se cayó! ¡El niño se cayó, tráigan ayuda!
—¡Ay, de verdad se cayó!
Gisela arrugó la frente, inquieta.
La niña murmuró con indiferencia:
—Pues si se cayó, se cayó. Allá abajo solo hay osos panda, no muerden.
Gisela movió los dedos, incómoda.
Por más tiernos que parecieran, los osos panda seguían siendo animales enormes. Ni un adulto podría defenderse de uno, mucho menos un niño.
—Vamos a echar un vistazo —sugirió Xavier.
Gisela le lanzó una mirada y él le pasó la mano por la cabeza, como dándole ánimo.
Ella asintió, se puso de pie y se abrió paso rápido entre la gente.
La multitud estaba tan apretada que Gisela apenas logró acercarse a la baranda. Xavier se colocó detrás de ella, extendiendo los brazos a los lados para mantenerla protegida del empujón de la gente.
Gisela se aferró al barandal y, siguiendo la mirada colectiva, se asomó.
Efectivamente, un niño colgaba del borde del mirador, solo sostenido por una liana. El peso del niño hacía que la liana se estirara peligrosamente, dejando al pequeño a medio camino entre el mirador y el suelo del recinto.
Los adultos intentaban alcanzarlo, pero era inútil: ni el niño ni la liana estaban a su alcance.
El niño pataleaba en el aire. Justo debajo, un oso panda adulto levantaba la cabeza, curioso.
No cabía duda, ese niño era Thiago.
Desde la distancia, Gisela pudo ver la carita pálida de Thiago, los ojos abiertos de par en par, el terror reflejado en ellos. Lloraba a gritos, las lágrimas le corrían sin parar.
Gisela sintió un remolino de emociones.
La liana lo aguantaba por ahora, pero era cuestión de tiempo para que se rompiera. Si Thiago caía desde esa altura, ni hablar del oso: el golpe solo ya sería peligroso.
El gentío ya se había dispersado: unos intentaban buscar una solución en el borde del mirador, otros corrían a llamar a los empleados del zoológico. Las voces se mezclaban, todos intentaban salvar a Thiago.
Gisela, en un rincón, apretó los labios.
Debería sentirse satisfecha.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza