El hombre apenas había terminado de hablar cuando recibió una patada brutal en el abdomen.
Una voz cargada de rabia contenida tronó en el aire:
—¡Lárgate!
El tipo soltó un grito de dolor y salió volando unos dos o tres metros.
Gisela tenía el cuello aún presionado, la cabeza le daba vueltas y, sin darse cuenta, se tambaleó hacia donde estaba ese hombre.
Una mano grande y firme la sujetó por la cintura, arrastrándola con fuerza hacia arriba.
Gisela sintió cómo todo giraba a su alrededor. Cerró los ojos con fuerza, intentando no marearse más.
Cuando volvió a abrirlos, todo era oscuridad.
Frente a ella solo veía una tela negra.
Era el saco de Nelson.
Gisela sacudió la cabeza, tambaleante, y alzó la mano para aferrarse a la tela que tenía enfrente.
—Gisela.
Alguien la llamó por su nombre.
Gisela levantó la vista, con los párpados caídos y la mirada borrosa, apenas logrando enfocar al que tenía delante.
—¿Quién eres? ¿Me puedes llevar a casa, sí?
Sin pensarlo, se dejó caer en el pecho del hombre, rodeándolo con los brazos como si fueran tentáculos de pulpo, apoyando la cara en su camisa.
—Llévame, me siento fatal, me da vueltas todo.
La voz de Nelson traía una mezcla de enojo y autocontrol:
—Gisela, ¿de verdad sabes quién soy?
Gisela frunció el ceño, molesta, y le dio una palmada en la espalda:
—¡Deja de hablar tanto! ¿No que me ibas a llevar a un hotel?
Detrás de ella, el tipo desconocido apenas se había levantado del suelo, aún con el miedo reflejado en la cara después de ver a Nelson. Al oír lo que Gisela decía, sus ojos se iluminaron.
—Te equivocaste, soy yo, estoy aquí atrás. Yo te llevo al hotel.
El tipo intentaba sonar convincente, con la voz empalagosa y la mirada pegada al perfil delicado de Gisela. Tragó saliva, como si no pudiera ocultar sus malas intenciones.


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