Gisela se frotó los ojos, con la voz apagada:
—¿De qué estás hablando?
Romina apretó los dientes:
—¿Ahora te vas a hacer la inocente? Gisela, ya estás sobria, ¿por qué te haces la que no entiende? Qué asco.
Gisela, molesta, arrugó la frente y levantó la voz:
—¿Qué te pasa? ¿Qué estás diciendo? ¡No entiendo nada!
Romina se acercó un poco más y, de pronto, le agarró la camiseta a Gisela:
—Gisela, tú...
—Romina.
La voz de Nelson resonó desde atrás, haciendo que Romina se quedara helada. Su mano se puso rígida y soltó la ropa de Gisela.
Gisela, al haber sido jalada, perdió el equilibrio. Cuando Romina la soltó, cayó de la silla y terminó en el suelo, soltando un quejido bajo.
Romina sintió un sudor frío en la frente y, enseguida, fue a ayudar a Gisela a levantarse.
Con voz suave, le dijo:
—Vamos, Gisela, despacio, despacio, no te vayas a lastimar.
Gisela se sobó la pierna, lanzando una mirada de reproche a Romina:
—Eres rara, hace un momento estabas...
—Gisela —la interrumpió Romina de inmediato, haciendo una seña al barman para que le sirviera un vaso de agua natural, el cual puso en las manos de Gisela—: Debes sentirte mal, toma un poco de agua y descansa.
Gisela, sin entender mucho, aceptó el vaso y, guiada por Romina, bebió varios sorbos.
—¿Qué le pasó?
Mientras hablaban, Nelson ya se había acercado.
Romina apretó los labios y ofreció una sonrisa resignada:
—Me la he pasado preocupada por ella. Es peligroso dejar sola a una chica borracha en un bar. Apenas salí del baño, vine a buscarla. Estaba haciendo un escándalo aquí y he estado tratando de calmarla.
Nelson asintió y alzó la mirada hacia Gisela.
Ella, sentada en una silla en la esquina, sostenía el vaso con ambas manos, bebiendo despacio y en pequeños tragos, observando de reojo a Nelson con ojos vivaces y atentos.
Romina preguntó en voz baja:

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