De pronto, a Romina le empezó a crecer una inquietud difícil de disimular.
No lograba descifrar la actitud de Nelson en ese momento, no sabía si él la estaba culpando o si comenzaba a desconfiar de ella.
Lo que más la sorprendía era que Nelson, a diferencia de antes, ya no se ponía de su lado de inmediato.
Si lo pensaba bien, era probable que Nelson sí empezara a sospechar de ella.
Y todo, por Gisela.
Romina se aferró los dedos, nerviosa.
—No sé… tal vez Gisela se confundió, quizá el problema no fue el vaso de agua.
Nelson abrió los ojos y la miró, sus ojos oscuros y profundos como la noche.
—Primero vayamos al hospital a ver.
Romina encogió los dedos aún más y asintió.
—Está bien, ir a ver a Gisela es lo correcto.
Se forzó a sacar una sonrisa.
—Pero… ni siquiera sabemos a qué hospital la llevaron.
Sin pensarlo mucho, Nelson mencionó el nombre de un hospital.
Romina se quedó helada.
—¿Cómo lo supiste, Nelson?
La voz de Nelson salió cortante, sin rastro de calidez.
—Ese hospital es el más cercano al bar. Si Xavier estaba apurado, seguro la llevó ahí.
—Ya veo… —murmuró Romina, bajando la cabeza.
...
Xavier había solicitado una habitación privada para Gisela en el hospital. El lugar estaba tan silencioso que, aparte de los pasos de Xavier entrando y saliendo, no se escuchaba más que el sonido de la infusión goteando.
Gisela yacía en la cama, el suero colgando de su mano. Observó cómo Xavier, con el ceño fruncido, le servía agua caliente y revisaba la vía intravenosa. No pudo evitar esbozar una sonrisa débil.
—¿Puedes dejar de poner esa cara? No me he muerto, ¿sabes?
Al escuchar la palabra, Xavier la fulminó con la mirada, visiblemente molesto.
—¿Todavía lo dices?
Gisela cerró la boca y le hizo una seña de que ya no iba a decir nada más.



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