La mirada de Alejandra se apagó por un instante y, en voz baja, respondió:
—Tú misma ves que ando muy ocupada, no puedo dejar la tienda así nomás.
Gisela insistió:
—En tu tienda tienes otros empleados, ¿no? Seguro pueden arreglárselas sin ti un rato. Además, tú eres la encargada, no pasa nada si te ausentas un momento, ¿o sí?
Alejandra se apresuró a aclarar:
—No es solo la tienda, también en casa tengo familiares enfermos y debo cuidarlos. Tampoco puedo faltar allá.
—Vaya, eso sí es complicado —comentó Gisela, con un ligero suspiro—. Pero la verdad, con tu nivel estoy segura de que podrías ganar algún premio en el concurso, quién quita y hasta te vuelves famosa.
Gisela la observó con atención.
—Si fuera posible, de verdad me gustaría verte participar.
—No hay de qué arrepentirse —reviró Alejandra—. Yo ya estoy muy contenta así. Tengo un trabajo estable, mi familia se está recuperando y, de vez en cuando, todavía puedo tocar el piano. De verdad, me siento satisfecha. Los premios y la fama no son importantes para mí, ni me interesan esas cosas.
Alejandra insistió, hablando cada vez más rápido:
—De verdad, me siento agradecida con lo que tengo. No te preocupes por mí. Si te gusta cómo toco el piano, puedes venir a la tienda cuando quieras. Si tengo tiempo, con gusto te toco alguna pieza.
Gisela le sonrió y le dio unas palmadas en el hombro.
—Ya, tranquila, no te pongas así. Entiendo lo que quieres decir. No es que te esté presionando, solo era una sugerencia. Si no te interesa, no pasa nada.
Alejandra bajó la mirada, apenada, y esbozó una leve sonrisa.
Gisela cambió de tema:
—Mejor prepárame dos tazas de café de la especialidad de la tienda, ¿sí? Me las llevo para probarlas después.
Alejandra, con una mezcla de alivio y prisa, casi huyendo, contestó:
—Claro, ahora te las traigo.
...
Gisela salió de la tienda con las dos tazas de café en mano. A través de las mesas que decoraban la acera, alcanzó a ver a Delia parada no muy lejos. Se acercó y le entregó una de las tazas.
—Pruébala, es una de las novedades de la tienda. A ver si te gusta. Si está buena, la próxima vez te traigo otra.
Delia parpadeó un par de veces, mordiendo la punta de la pajilla, y masculló:
—¿Acaso tengo derecho a decir que no me gusta?
Gisela fue sincera:

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