Xavier apretó los dientes.
—Entonces, lárgate de una vez.
—¿Eh? —Gisela parpadeó, confundida.
De pronto, la voz de Nelson resonó grave y profunda.
—¿Con quién hablas por teléfono?
No había duda: la voz de Nelson se escuchó perfectamente al otro lado de la llamada.
—Gisela, ya vete —estalló Xavier, como si le hervía la sangre.
A Gisela nunca le había interesado platicar demasiado con Nelson, así que respondió con desgano:
—¿Qué se le ofrece?
Al escuchar eso, Xavier guardó silencio del otro lado.
Nelson miró de reojo el celular de Gisela, luego levantó la mirada y la observó directamente, sin decir palabra.
Por un momento, Gisela pensó que Nelson era mudo.
Pasó un largo rato antes de que Nelson al fin hablara.
—Esta vez, Hernán no la va a librar.
Hernán.
Gisela no lograba adivinar desde qué posición sacaba Nelson ese tema.
Recordando todo lo que Nelson había hecho, las ganas de sonreír se le esfumaron de inmediato.
—Ya lo sé —replicó, con una calma extraña y una media sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Viene a reclamarme, señor Nelson?
Nelson la miró de frente.
—¿Eso crees?
—Entonces, ¿para qué más? —le devolvió la pregunta Gisela, alzando una ceja.
Después de tantas veces que Nelson le puso trabas, ya era claro que él estaba decidido a oponerse a ella y a proteger a Hernán a toda costa.
Ahora que Hernán había caído, seguro Nelson le guardaba rencor.
Nelson sólo la contempló, en silencio.
La verdad, ni ella misma se esperaba este resultado.
La familia Tovar tenía influencias por todos lados. Cuando supo que Arturo y Nelson harían lo que fuera por salvar a Hernán, Gisela había perdido la esperanza de atraparlo.
Pero todo cambió de repente.
Aunque Xavier le había echado la mano, el caso contra Hernán se resolvió demasiado fácil, casi como si la familia Tovar hubiera decidido dejarlo caer de la nada.
Los ojos de Gisela brillaron, oscuros y pensativos.
...
El asistente de Nelson estaba justo detrás de su jefe.
Gisela ya había notado que, tras su última frase, ese hombre la miraba con una mezcla de nervios y ganas de hablar, pero no se atrevía.
Gisela frunció el ceño y le preguntó:
—¿Quieres decirme algo?
El asistente, sorprendido de que le hablara, se quedó pasmado por un segundo.
Fue hasta que Nelson lo miró de reojo, que el tipo reaccionó y negó con la cabeza, apurado.
—No, no, nada que decir.
...
De repente, la voz de Xavier, cargada de enojo y un dejo de fastidio, sonó aún desde el teléfono.
—¿Vas a seguir platicando con él? ¿Hasta cuándo?
Ahí fue cuando Gisela cayó en cuenta de que nunca colgó la llamada con Xavier.
Resoplando, dijo:
—Ya entendí, ya me voy.
Terminando la frase, le hizo un gesto a Nelson.
—Ya no tengo nada más que hablar, me retiro.
...
En ese momento, Romina apareció del otro lado, sujetando la mano de Thiago Tovar.
La expresión de Gisela se volvió más fría.
—Señora Tovar.
Romina se acercó a Nelson, le dedicó a Gisela una sonrisa amable.
—Gisela, justo estaba buscando a Nelson, y mira nada más, nos topamos por aquí. Qué casualidad.
Gisela la miró sin mucho ánimo.
—Sí, qué coincidencia.
—Bueno, tengo que irme, todavía me esperan —dijo, lista para marcharse.
—Espera —Romina la detuvo de pronto, alzando la voz.
Gisela ya perdía la paciencia.
—¿Ahora qué pasa?



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