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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 644

Gisela frunció el entrecejo.

Pedro apenas dejó que su mirada rozara a Gisela por un segundo; enseguida apartó la vista y entró al salón del evento sin detenerse, con una actitud tan distante que cualquiera habría jurado que ni siquiera se conocían.

Tal como pensaba, Pedro sí había venido.

Alejandra se acercó y le preguntó:

—¿Te pasa algo?

Gisela bajó la voz y respondió:

—No es nada, vámonos.

Salieron del hotel y, justo en ese momento, el chofer ya tenía el carro listo en la entrada. Gisela apenas iba a abrir la puerta cuando Alejandra le dijo que prefería regresar en metro. Gisela no insistió y dejó que Alejandra se fuera por su cuenta.

Ya en el asiento trasero, el chofer le preguntó:

—Señorita Gisela, ¿la llevo a Villa Jardines de Armonía?

Ese era el fraccionamiento donde ella vivía con Xavier.

Gisela estuvo a punto de decir que sí sin pensar, pero de pronto se detuvo.

Giró la cabeza y miró hacia el salón de eventos.

Las puertas estaban abiertas, la luz cálida se desbordaba hacia el exterior, y se podía adivinar el ir y venir de las personas adentro, con las voces de fondo deslizándose como un murmullo.

Gisela guardó silencio unos segundos, luego dijo:

—No, olvídalo. Me bajo aquí, yo me regreso sola.

El chofer no entendió, pero asintió:

—Como usted diga, señorita Gisela.

Gisela abrió la puerta y descendió.

Miró a su alrededor y luego abordó un taxi vacío que estaba estacionado cerca.

El taxista, un señor bonachón, la miró por el retrovisor y le preguntó:

—¿A dónde va, señorita?

Gisela sacó diez billetes de cien pesos de la bolsa y se los extendió.

—Quiero que me ayude a seguir a un carro. Si acepta, el dinero es suyo. Si no, me bajo enseguida.

El taxista primero se emocionó, luego se quedó sorprendido y hasta dudó un poco.

Abriendo los ojos como platos, murmuró:

—¿Acaso estamos filmando una película? Esto sí se pone bueno.

Gisela contestó, seria:

—¿Entonces, qué dice?

El taxista reflexionó unos momentos antes de soltar:

—Nada más dígame, ¿esto no es ilegal?

—No, descuide. No tiene nada de malo.

El taxista la miró de pies a cabeza, al final aceptó el dinero:

El taxista demostró tener experiencia: mantuvo la distancia justa para no perder el Rolls Royce, pero sin acercarse demasiado.

Se puso serio, con la espalda recta y la mirada fija en la carretera.

Media hora después, el Rolls Royce seguía sin variaciones. Aparentemente, Pedro y Romina ni se daban cuenta de que el taxi los seguía.

Gisela observó cómo el carro de Pedro entraba a un fraccionamiento de lujo.

El taxi se detuvo.

El chofer volteó, incómodo:

—Para entrar a este fraccionamiento hay que avisar al residente, no se puede seguir más allá.

Gisela no perdió tiempo. Echó un vistazo al letrero de la entrada:

—Está bien, déjeme en Villa Jardines de Armonía.

El taxista la miró con asombro:

—¿Villa Jardines de Armonía? ¿Ese no es el fraccionamiento donde cada metro cuadrado cuesta más de diez mil? Oiga, con tanto dinero y su esposo todavía le hace esto…

Gisela suspiró, un poco harta:

—Déjese de cuentos y mejor arranque, ¿sí?

—Está bien —respondió el chofer, y se puso en marcha obedientemente.

...

—¿Ya logramos despistarlos? —preguntó Romina, con los nervios a flor de piel.

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