Al escuchar eso, Saúl recordó algo y preguntó:
—Estoy pensando en ir mañana, ¿quieres que vayamos juntos?
Gisela, por supuesto, deseaba acompañarlo, pero su estado de salud se lo impedía.
—Toc, toc, toc—
El sonido familiar de los golpes en la puerta se escuchó, lento y con un toque de picardía. Era el estilo inconfundible de Xavier.
El corazón de Gisela dio un vuelco.
Instintivamente, no quería que Xavier la viera sentada platicando con Saúl.
Xavier ya no estaba de acuerdo con que ella siguiera investigando, y verla hablando con Saúl dejaba claro que estaban discutiendo el asunto de Rubén. Xavier no era tonto, seguro lo adivinaría.
Si Xavier se enteraba, era casi seguro que se molestaría de nuevo.
Gisela suspiró por dentro, y por un instante su cara se volvió incómoda, gesto que Saúl no pasó por alto.
Saúl, confundido, preguntó:
—¿Te pasa algo?
—No es nada —Gisela negó con la cabeza y respondió en voz baja—. No me siento bien, no puedo quedarme mucho tiempo fuera. Mejor ve tú solo, ¿está bien?
Saúl asintió:
—Sí, tienes razón. Descansa bien.
Como no recibieron respuesta, el golpeteo en la puerta se escuchó de nuevo.
Tarde o temprano tendría que enfrentarlo. Gisela levantó la voz:
—Adelante.
Tal como imaginaba, quien entró fue Xavier.
Gisela estaba sentada de frente a la puerta del cuarto. Al girar la cabeza, vio la sonrisa medio arrogante de Xavier mientras sostenía un termo en la mano.
—La señora no pudo venir, así que me mandó a mí. Pero hoy no es sopa de pollo, es sopa de costilla con elote, la que te gusta. Así que apúrate antes de que se enfríe.
Gisela lo miró con una mezcla de sentimientos mientras él se acercaba.
Saúl estaba sentado en el sofá junto a la pared; desde la puerta había que caminar un poco y girar la esquina para verlo.
Cuando Xavier por fin notó a Saúl, su expresión cambió. La sonrisa se le desdibujó de la cara.
—¿El doctor Saúl también está aquí?
—¿Solo eso?
Gisela asintió, tratando de sonar convincente:
—Sí, solo eso.
Xavier la observó durante un largo rato y de pronto dijo:
—Gisela, ¿sabes que cuando mientes se te nota mucho?
Gisela, algo sorprendida, se forzó una sonrisa:
—…No estoy mintiendo.
Xavier replicó:
—¿Tú misma te crees eso?
Gisela le echó una mirada y luego volvió la vista hacia la televisión, apretando los labios.
Xavier la contempló otro buen rato antes de apartar la mirada. Tomó el termo, lo abrió y el aroma de sopa de costilla con elote llenó la habitación.
—La señora revisó durante días menús de comidas nutritivas y preparó cuatro platos especiales para ti. Así que, a comer bien.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza