Pero la mayoría de las veces que contestaba el teléfono, Romina estaba con Katia. Si salía al balcón para hablar un poco más, Katia se ponía de mal humor, y terminaba haciendo que Romina no pudiera platicar tranquila. Siempre tenía que colgar rápido.
Después de varias veces así, Thiago comenzó a pensar que interrumpía el trabajo de su madre, así que las llamadas se hicieron menos frecuentes.
La última vez que hablaron por teléfono fue apenas hace dos días.
Romina sostenía el celular, tratando de levantarse de las piernas de Pedro.
Pedro le sujetó la cintura y le susurró:
—Contesta aquí mismo.
Romina frunció el ceño.
—¿Aquí? ¿Cómo crees?
Pedro soltó una risa baja.
—¿Por qué no? Contesta aquí, quiero escuchar.
Ella dudó, apretando el celular.
—Pero no digas nada, ¿sí?
Pedro sonrió sin responder.
Romina contestó la llamada. Al otro lado, como siempre, escuchó el saludo habitual. Era Thiago, usando el celular de Nelson. Romina respondió con una voz suave, casi susurrando.
Pedro miraba de cerca el perfil de Romina, atento a esa voz aún más tierna de lo normal. Poco a poco, su mirada se volvió más profunda.
Romina trataba bien a Katia, sí, pero no era lo mismo. Se notaba que su mente siempre estaba en otro lado, como si Katia no fuera realmente su prioridad.
Pero cuando hablaba con Thiago, su cara se iluminaba. Sonreía hasta con los ojos y le hablaba con tanta dulzura, mucho más de la que le dedicaba a Katia.
Ya llevaba quince días en casa de Pedro, pero su corazón seguía anclado con la familia Tovar.
La mirada de Pedro se hizo aún más sombría. Sus manos, apoyadas en la cintura de Romina, apretaron con más fuerza, marcando el agarre.
Romina sintió el dolor de inmediato. Apartó el celular y con la otra mano se cubrió la boca, ahogando un quejido.
En el teléfono, Thiago seguía hablando. Romina alzó la vista y fulminó a Pedro con la mirada, murmurando en tono de advertencia:
—¿Qué te pasa?
Pedro soltó otra risa, y con la palma de la mano le dio un par de palmadas suaves en la cintura, como para calmarla.
Durante todos esos días, cada vez que hablaba con Thiago, Nelson casi ni aparecía en la llamada. Sólo decía algo si Thiago se lo preguntaba directo.
Con el contraste de lo mucho que extrañaba Thiago a su madre, la indiferencia de Nelson se volvía más obvia.
Romina trató de consolarlo con voz tierna:
—Mi amor, todavía tengo que terminar unas cosas aquí, pero te prometo que cuando vuelva, voy a jugar contigo todos los días, ¿quieres?
Thiago sollozó un poco antes de contestar:
—Eso me dijiste hace unos días, que ya ibas a regresar, pero no has vuelto.
A Romina se le hizo un nudo en la garganta.
—Thiago, mi vida, te lo juro que ya casi regreso, ¿sí? Espérame un poquito más, ¿sí?
Thiago era un niño fácil de contentar. Con un par de palabras, ya estaba asintiendo del otro lado:
—Bueno. Pero acuérdate que yo te estoy esperando, mamá.
Platicaron un rato más. Aunque Romina se quedó con la espinita de que Nelson no dijera ni una palabra, creyó que, como siempre, la llamada terminaría ahí.

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