Esta es una historia bastante típica.
Cuando Rubén se enteró por primera vez del plan de Romina, no lo pensó dos veces y la rechazó de inmediato. Tras rechazarla, lo invadió una indignación enorme, como si se sintiera ofendido hasta lo más profundo. Le advirtió a Romina con palabras tajantes que no intentara meterlo en ese tipo de asuntos, y como estudiante de medicina a punto de comenzar su carrera para salvar vidas, también le advirtió que ni se atreviera a usar métodos tan dañinos para otros y para ella misma.
Pero Romina no se rindió. Investigo a fondo todos los detalles de la familia de Rubén, y luego le enumeró todos los beneficios que él podría obtener. Rubén permaneció impasible y se marchó sin mirar atrás.
Una vez, dos veces, tal vez podría resistirse. ¿Pero qué tal tres, cuatro? ¿Nueve, diez veces?
¿Y después, cuando él mismo siguió esforzándose por conseguir una plaza en el hospital de sus sueños y solo recibía rechazos? ¿Qué tal cuando se enteró de que sus compañeros, con menos capacidad académica pero mejor conectados, ni siquiera tenían que preocuparse por su futuro, y podían entrar sin problema a hospitales reconocidos a nivel nacional y mundial?
Rubén empezó a dudar.
Esa noche, tuvo una videollamada con su madre. Ella sostenía una sandía y le sonreía, contándole que la había conseguido a muy buen precio, menos de un peso el kilo, y que esta vez pudo comprar la sandía entera, sin tener que pedir solo una parte como antes, así que podrían comer durante varios días.
El celular de su madre era un modelo de hace años, la imagen se veía borrosa y oscura, como si la cámara estuviera cubierta de polvo. Su madre vivía en un cuartito rentado, muy pequeño, con muebles viejos. Las cortinas detrás de ella llevaban muchos años en uso; cuando recién llegaron tuvo que lavarlas tres veces para quitarles la suciedad. Había un foco colgando de la pared que de vez en cuando se apagaba sin razón. Aunque cambiarlo costaba solo unos cuantos pesos, su madre no lo había hecho porque le dolía gastar.


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