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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 766

Romina aferró la mano de Pedro, suplicando con desesperación:

—¿No puedes quedarte? ¿De verdad tienes que irte? ¿Por qué no te quedas aquí conmigo? ¿Sí?

Pedro sostuvo suavemente la nuca de Romina y respondió con voz apacible:

—No puedo, ya quedé de verme con él.

Romina apretó los labios, insegura.

Pedro la sostuvo con un brazo y, con el otro, le hizo señas a Katia, que jugaba en la alfombra de la sala.

—Ven, hija, ven con papá.

Katia dejó su muñeca y corrió hacia ellos.

—Papá, mamá.

Pedro tomó la manita de Katia y la puso en la palma de Romina.

—Mi amor, papá tiene que salir esta tarde. Hoy te toca quedarte con mamá y acompañarla, ¿sí?

Romina parecía aturdida, pálida como un papel.

Katia asintió obediente y apretó la mano de Romina.

—Está bien, papá. Ve tranquilo, yo me voy a quedar con mamá.

Romina todavía quería insistir.

No podía confiar en Pedro del todo. Desde que se reencontraron, sentía que él se había escapado de su control; últimamente, Pedro hacía cosas que ella jamás habría imaginado. Lo que más temía era que, aunque él le prometiera algo, al verse con Nelson fuera a contarle sobre la verdadera relación que tenían ahora.

—Pedro, ¿de verdad no puedes quedarte? ¿No sería mejor que no fueras?

Pedro le apretó la mano y sonrió.

—No pasa nada, espérame aquí, regreso en un rato.

—Pero...

—No hay peros —Pedro bajó la mirada, y su sonrisa tenía un matiz extraño—. Siempre hay que saber decir adiós.

Romina captó de inmediato la palabra clave.

—¿Decir adiós?

Pedro le acarició la cabeza.

—Sí, hay que despedirse de Nelson.

Romina sintió un latido acelerado, y aunque intentó disimularlo, la alegría se le asomó por dentro.

—¿Te vas a ir?

Pedro le lanzó una mirada rápida, divertida.

—¿Y eso te hace feliz?

Romina forzó una sonrisa y negó con la cabeza.

—¿Cómo crees? Sólo... sólo me tomó por sorpresa.

Romina lo miró fijamente, esperando.

—Ya casi termino con eso.

Pedro contestó, dejando la frase en el aire.

Al principio, Romina sintió una oleada de alivio, pero enseguida la duda volvió a instalarse.

La expresión de Pedro era tan relajada que parecía que sólo lo decía por decir. Además, ese asunto llevaba días pendiente y ella no había recibido noticias. Desde entonces, no había podido dormir bien, siempre ansiosa, esperando una señal.

Antes, cada vez que le preguntaba, Pedro le respondía con evasivas. ¿Cómo era que ahora, de repente, ya casi lo tenía resuelto?

Romina no pudo evitar preguntar de nuevo:

—¿De verdad?

Pedro esbozó una sonrisa ligera.

—¿Ya no confías en mí?

Romina frunció el ceño.

—No es eso, yo solo...

Pedro la interrumpió con tono suave:

—Ya, anda a descansar. Falta poco para que todo termine.

...

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