Al ver a Delia tanteando la pared y avanzando poco a poco hacia la puerta, Gisela suspiró, resignada.
—Regresa, no te dije que te fueras.
Delia no se atrevió a girarse. Seguía cubriéndose los ojos y murmuró:
—¿De verdad puedo quedarme? Si quieren seguir con lo suyo, no se preocupen por mí, yo… yo puedo irme…
Gisela le lanzó una mirada fulminante, amenazándola:
—Te dije que te sientes. No te vayas.
Delia se volteó de inmediato. Se sentó con una sonrisa fingida y colocó la canasta de frutas en el suelo.
Xavier solo bajó la cabeza y se frotó la nariz antes de levantarse y acomodarse en el sofá de al lado.
Al notar el cambio, Delia esbozó una sonrisa traviesa.
—No te preocupes, siéntate donde quieras, yo hago como que no veo nada.
Gisela la fulminó con la mirada.
Delia, al instante, se sentó derecha y con cara seria.
Pasaron unos segundos en silencio, hasta que Gisela habló:
—Ya, deja de hacerte la interesante.
Delia soltó unas risitas, tosió un poco y luego se puso seria.
—Gisela, ¿qué pasa aquí? Cuéntame, ¿cómo es que en tan pocos días ya volviste a terminar en el quirófano? Cuando me enteré, estaba en junta y casi me da el susto frente a todos. Apenas despertaste, Xavier me avisó y vine corriendo.
Gisela, sin esforzarse mucho, señaló hacia Xavier con la barbilla.
—Pregúntale a él.
La verdad, ya estaba agotada. No tenía energías para explicar nada.
Delia alzó una ceja y miró a Xavier. Él asintió con naturalidad, sin mostrar ni un poco de fastidio por tener que explicar. Delia no pudo evitar mirarlo con más curiosidad.
Muy pronto, tras la explicación breve de Xavier, el rostro de Delia pasó de la sorpresa, al temor, a la confusión, después a la incredulidad, como si dudara de estar despierta, hasta terminar con una expresión de “¡Por favor, que esto sea un sueño!” y finalmente, resignación.
Por más que Xavier solo habló unos tres minutos, Delia sintió que había envejecido medio siglo.
—Esa parte tampoco la entendemos.
Delia comentó:
—Esto debería ser noticia nacional, pero afuera no se escucha nada. Seguro pagaron un dineral para mantenerlo oculto.
En el rostro de Gisela no se reflejaba ninguna satisfacción por haber saldado cuentas. Delia pudo comprenderlo.
En situaciones así, cualquiera sentiría una mezcla de emociones. A nadie con conciencia le resulta fácil alegrarse por la muerte de otra persona.
Romina cometió errores, sí, pero tampoco merecía ese final.
Quizá, pensó Delia, fue cosa del destino.
—Todo fue demasiado repentino —dijo Delia—. Y, además, muy sospechoso.
—Sí, fue de golpe —asintió Gisela.
—Dicen que la mala hierba nunca muere, pero Romina se fue tan pronto que… —Delia chasqueó la lengua y se rio de sí misma—. Te juro que siento que en cualquier momento va a saltar desde algún rincón a armar otro escándalo.

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